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Este relato tenía que llegar a sus manos. Si uno se pone a pensar, si tiene en mente los cuentos y las novelas que ha tenido el coraje de leer desde el comienzo hasta el final, todas las narraciones del mundo tienen por lo menos mil autores (mil y uno, por supuesto, si se cuenta al lector), pero este relato se ha atrevido a decirlo de frente. Describe paso por paso la parábola de un par de personajes, tan ciertos e inciertos como nosotros mismos, que buscan desesperadamente la cosa que tanto quieren, pero que ahora mismo tienen demasiados problemas para conseguirla. Quién no ha estado, alguna vez, en sus zapatos. Quién no se ha preguntado de tanto en tanto si la vida se acaba cuando lo que se busca se encuentra.

En estas páginas hay mil autores. Y en cada párrafo está el pulso que libra uno con uno mismo –piense usted en todas las distracciones, en todas las tentaciones, en todos los errores que se cometen– en el paso de una orilla a la otra: ¿y si a estos dos, que no encajan en ningún rincón del mundo, que viajan porque ya se les ha pasado el tiempo de quedarse quietos, que van de paraje en paraje por Colombia como un par de patitos feos que están acostumbrándose a tenerse el uno al otro, les diera por enamorarse, por traicionarse, por dejarse solos, por perderse, por enfermarse, por quitarse la poca confianza que les queda, por mirarse de reojo, por cuidarse, por serle leales a una nueva causa, por decirse buenas noches para no ir por ahí sin una madre y sin un padre y sin un perro que les ladre?, ¿si les diera, mejor dicho, por ser seres humanos?

Narrar es apostarle a rojo o a negro, a par o a non, a izquierda o a derecha. Pero narrar es, también, traer: llamar a los otros. Y cada párrafo de este relato dobla una esquina en el camino del señor Pérez y la señorita Dominga, pero al mismo tiempo se empeña en contar bien y claro y duro esos pequeños giros para que los lectores vayan al lado en este viaje.

Hubo un tiempo en el que los autores eran estatuas que venían con el pedestal incluido. Había que decirles “doctor”. Había que cederles el puesto en el bus. Hoy, en los tiempos de la primera persona, del “hágalo usted mismo” y del “todos somos una celebridad si se nos da la gana” que nos ha traído Internet, es más que evidente que el escritor no sólo está conversando de igual a igual con el lector, sino que, como los arquitectos o los cineastas o los músicos, tiene claro que hace parte de un equipo empeñado en la tarea de articular las experiencias que se viven en el mundo. Esa modestia verdadera –si usted quiere ser un escritor, dice Paul Simon, busque un lugar tranquilo y una pluma humilde– está acá: en sus manos.

Y ahora sigue en la historia, que ya ha sido trazada a dos mil manos, que usted sepa ponerla en escena. Es mucha presión. Un pase de gol. Pero es que esa es la gracia de estos tiempos.

Ricardo Silva Romero

Todo empezó en Abril lloviendo. Qué cliché tan horroroso. Una vez como tantas, en que se encontraron en el parque Dominga y Pérez, siempre tan pispo, tan majo. Intercambiaron las mismas palabras tímidas que siempre se decían, sentados en la misma banca. Pérez, que no alcanzaba a posar los pies en el suelo, los movía con inquietud, mientras miraba hacia arriba a Dominga, y recordaba, como siempre, la sensación que tuvo de nunca poder alcanzarla allá, en las alturas. Todo al parecer era muy normal, menos ellos: una mujer de dos metros diez de estatura y un señor muy bien vestido, que medía alrededor de un metro cuarenta, juntos en un parque. Pérez adoptó un gesto serio, y miró a Dominga.1

Los transeúntes, los deportistas de media hora que corrían en el parque, las mamás que les enseñaban a sus hijos el sol, los abuelos que regaban el arroz para que los pájaros comieran, los árboles, el viento, todos los miraban. Todos los miraban. ¡Qué pareja más extraña!, pensaban. Dominga está acostumbrada. Pérez también. Pero al estar los dos, juntos, los dedos que los señalaban se multiplicaban. Las risas eran más estruendosas. Los comentarios eran más hirientes. La jirafa, como muchos la llamaban —inocentes, ignorantes— miró al chaparrito: tan sólo necesito de sus ojos, de su boca, de sus manos y de su elegancia. Soltó una risita. 2

Pero no dijo nada. Suficiente era que fueran la burla de todo el lugar, demasiado sería que les dieran el patético espectáculo de darse un beso... frente a todos. No. Sus manos no debían moverse más de lo debido y sus ojos... sus ojos no debían mirarse por mucho tiempo. Porque, se dijo, quererse no da pena, pero quererse a pesar de todo, ¡eso es otra cosa! Así que otra vez se encontraron como tantas veces, sintiendo sin decir nada y esperando a que el milagro, algún día, pasara. Pérez se desprendió de los nervios y, mirando al suelo que sus pies no alcanzaban, le confesó su teoría:3

1. Santiago Rivas 2. Juan Sebastián Salazar 3. Ángela Acero 7
Diego López 8

—La mejor manera de aplacar un defecto es resaltarlo. La mejor manera de ocultar un defecto es exhibirlo —y continuó con la vehemencia de quien da una noticia de última hora—: una mujer alta debería caminar en tacones, un hombre bajito debería hacerlo de rodillas. Hay que dejar a un lado el miedo, subirse sobre la mesa, gritárselo a todo el mundo. Pero ambos, Pérez y Dominga, comprendieron en el acto que aquello no era más que una teoría y que la práctica, llena de lenguas filosas y ojos inquisidores, era otra cosa. 4

Dominga le respondió: —Basta ya de sentirnos como bichos raros, sueño con que nos encontremos a mitad de camino. Es decir, tú te encoges y yo me estiro. Lo sé, parece totalmente descabellado, pero hace unos días supe de una mujer que descubrió una pócima para cambiar todas las cosas que hacen sentir incómoda a la gente. Es difícil de creer, pero investigué un poco y existen varios testimonios al respecto en todo el país y, al parecer, aunque es muy anciana, aún vive. Pérez se entusiasmó y le dijo: —Entonces no se diga más, alistemos las maletas y vamos a buscarla, nos vemos aquí mismo en una hora.5

Muy cerca de allí había una anciana, muy bella y sabia, preparando pócimas para diferentes circunstancias: para crecer, para ser más moreno, para ser más feliz, para ser más paciente, más alegre, en fin, para los miles de cambios que buscamos las personas. La anciana decía: —Creador de todo, dame paciencia y poder para crear una sustancia que sin cambiar tu obra perfecta pueda hacer sentir a quien la tome que es como ha deseado ser. Al rato ya tenía millares de pócimas y personas esperando que obraran su milagro. 6

4. Íos Fernández 5. Jorge Casas 6. Ramiro Sánchez Castillo 9

La anciana, abrumada con la cantidad de personas interesadas en cambiar aspectos de sí mismos, decidió llevarse sus pócimas para un lugar más retirado y pensar mejor todo el asunto. Tal vez debería buscar una manera más específica de ayudar a los inconformes, algo más personal.7

No obstante, la anciana recordó que estaba habitada por fantasmas. Sintió que su alma llevaba un dolor incurable, pesado, oscuro. Sin duda, debía empezar por descubrir su propia pócima, esa sustancia que le permitiera sobrevivir a esa extraña melancolía que la consumía cada hora, cada segundo.8

Dominga y Pérez fueron a donde se encontraba la anciana a pedirle una poción para cambiar sus aspectos. Ella les dio la pócima, pero tenían que darle algo a cambio.9

Entonces decidieron crear un concurso para decidir quién iba a entregarle a la anciana el objeto. Dominga poseía un lindo collar que su padre había conservado por años y realmente era su objeto más preciado; Pérez tenía un reloj que contenía las fotos de sus padres y era una reliquia en la familia.10

El collar de Dominga era una colección de cuentas de vidrio, de colores muy vivos: amarillo, rojo, naranja, morado, todas pintadas a mano y unidas por un grueso cordón de plata, que podía verse al tratar de hacer espacio entre uno y otro pedacito de vidrio. El broche con el que cerraba el collar —siempre con la ayuda de alguien— era también de plata pura, de ley 925, y en forma de corazón. Una de las cuentas había resultado rota una mañana en que Silverio había decidido arrastrarlo por toda la casa, entre sus afilados dientes y su húmedo hocico.11

7. Camilo Villegas Londoño 8. Álvaro González Villamarín 9. Daniel López 10. Michaelle Moreno 11. Adriana Pérez Orozco 10

Dominga resultó elegida para la entrega, pero aun así se resistía. No quería por nada del mundo deshacerse de aquella joya tan significativa para su existencia. Después de ligeras reflexiones decidió que lo haría. Pero cuando dio el tercer paso rumbo a la entrega, resbaló y cayó, golpeándose fuerte la cadera con un tronco que estaba suelto en el camino.12

Después de un minuto y treinta y cinco segundos de estar tendida en el suelo, con las rodillas sangrantes y la cadera luxada, Dominga se puso de pie, se sacudió con fuerza la faldita, se acomodó las medias hasta la pantorrilla y, junto con su primer paso, mandó la mano al bolsillo. ¡Carajo, la joya! ¿Dónde está la bendita joya?, gritó en su mente mientras los ojos se le querían salir de las órbitas. Se largó la lluvia. Ahora era como buscar una aguja muy valiosa dentro de un pajar emparamado. Con el reloj en contra se puso de rodillas y empezó a buscar lo que se le había perdido. —Pérez me va a matar —susurró entre dientes.13

¡Ha pasado mucho tiempo!, se dijo. La perdí en el momento menos indicado, debo encontrarla lo más pronto posible. ¿Qué hago? ¿Será que la dejé en el camino? Es muy tarde y tengo que tenerle una explicación a Pérez. ¡Oh, no! Ya viene, tengo que esconderme en algún lugar. Dominga no sabía qué hacer, había pocos lugares. Debía esconderse rápidamente antes de que Pérez la viera.14

12. Eder Nicolás Araujo Arias 13. Catalina Gutiérrez 14. Miguel Ángel Cárdenas Alarcón (jomili) 11

Pero Dominga, con sus dos metros y diez centímetros, no encontró un lugar que la ocultara del todo, aunque pensó que Pérez con su corta estatura no podría verla. Lo que no sabía era que Pérez iba gateando en busca de esos zapatos rojos que le había comprado a Dominga en el mercado de Lisboa.15

Dominga divisó un sendero que partía desde donde estaba parada y bajaba a una verde pradera con varios árboles, los suficientes para esconderse. Corrió con las pocas fuerzas que le quedaban, y se impulsó con adrenalina. Sólo le rogaba a sus pies que no pararan, pero al fin y al cabo no debía preocuparse, porque sus piernas eran largas. De nada valió rogar y tener las piernas largas, porque tropezó con una roca que no vio y emitió un gemido que advirtió inmediatamente a Pérez. Tenía ganas de correr sin parar, pero se imaginó la reacción de Pérez al enterarse de la pérdida de la pócima, y esa imagen la dejó sin aliento.16

Impávida, Dominga se levantó y se sacudió el vestido esplendoroso, y mientras lo hacía observó de repente cómo las gotas de la poción transformaron el sendero en un sitio mágico lleno de color y animales extraños que la observaban como si fuera la creadora del extraordinario lugar.17

Lo que Dominga no sabía era que Pérez ya había descubierto la pérdida de la pócima, y por lo tanto Pérez reunía todos sus esfuerzos con el fin de ir tras ella. Dominga estiró sus largas y quebradizas piernas para continuar, soportando el dolor de la herida que había causado la caída por causa de la filosa y grande roca.18

15. Ángela Zorro 16. Nayibe Moreno Bernal 17. Fredy Peña 18. Dálata 12

Pérez no entendía por qué Dominga se empecinaba en buscar esta pócima, no entendía por qué, si se amaban, para Dominga no era suficiente; su insistencia en que Pérez la acompañara en la búsqueda de la pócima hizo que él quisiera conseguirla a costa de lo que fuera, ya que lo único que tenía claro era que la amaba infinitamente y que por ello haría lo necesario para hacerla completamente feliz.19

Decidido a emprender su viaje, tomó una bolsa azul y guardó un espejo, una botella vacía y unas semillas; llamó a Dominga y le expresó su deseo de dar inicio a su nueva aventura, con la única condición de que no hiciera preguntas sobre el contenido de aquella bolsa.20

Dominga corrió presurosa a recoger los patacones, pues sabía que por el camino les daría mucha hambre y sólo de chontaduro no puede vivir uno. Pérez dudaba aún si era tan bueno mantener el secreto que había guardado con tanto recelo.21

El secreto era tan suyo como Dominga, aunque ni siquiera ella lo sabía, guardarlo era parte de su historia, de sus pensamientos más profundos, algo que podría cambiar su viaje… su vida. Se escuchó un estruendo en la cocina. Dominga había caído de bruces con todos los patacones encima, Pérez corrió y la vio en el suelo, sobándose la cabeza, y no pudo aguantar la risa. Dominga enfadada le puso los patacones en la cara y salió furiosa por la puerta. Luego emprendieron finalmente a su largo viaje.22

19. Yenny Carolina Orjuela 20. Wilang 21. Cincoadoce 22. Cindy Velasco 13

Ya un poco más tranquila, mientras cruzaban la acera para llegar al carro, Dominga sobándose la cadera le dijo a Pérez: —Agarra, pues, la maleta, métela en el maletero y cuidado que ahí va la cámara. Pérez, con una sonrisa en los labios y un quemón en la mejilla, replicó: —Llevemos sólo la cámara, que el viaje va a ser, como habíamos dicho, ligero de equipaje. No entiendo, ¿qué carajos llevas ahí, maquillaje? Frunciendo el ceño ante la sonrisa de Pérez y sin olvidar lo que habían charlado, abrió la puerta y se sentó en el lado del conductor. Prendió el auto mientras Pérez iba hacia el lado del pasajero. De pronto se escuchó un grito desde el interior por parte de Dominga y23 Pérez preguntó:

—¿Qué pasa, Dominga?, ¿por qué ese grito tan espantoso? —¿Que no te das cuenta, Pérez? Nos hemos quedado sin gasolina. ¡Cómo se supone que vamos a hacer un viaje ligero si no tenemos ni cómo arrancar! —Pues no pensé que cuando hablé de viaje ligero tú pensaras que era tan ligero que se te olvidó llenar el tanque de gasolina. ¡Pero claro, la maleta sí está repleta de maquillaje! —Ahora resulta que yo soy la culpable. Tengo entendido que tu mínima estatura no te impide llenar el tanque, ese es un trabajo de caballeros. La discusión entre Pérez y Dominga se estaba tornando24 áspera y absurda, ambos lo sabían.

—No sé qué nos ha pasado… si será por el paso del tiempo, o tal vez por la falta de tiempo — conjeturó Pérez.

Después de un largo silencio y como para no ahogarse en la frustración del viaje estancado, Dominga arrastró sola y como pudo las maletas por las escaleras y por el pasillo y se dio mañas para parar el primer taxi que pasó y meter en él todo el equipaje. Hizo todo esto mientras Pérez, inmóvil, trataba de salir del asombro. —¡Qué haces ahí parado! ¡Apúrate, súbete! —le gritó Dominga desde el taxi.25

23. Danthe Andrade 24. KataVivi GonPeSan 25. Boris 14
Amelia Rosales 15

Pero justo en ese momento, en el que Pérez parecía no estar, en el que el tiempo jugaba apresuradamente con el recuerdo de lo que es y lo que era, en ese momento, su postura se transformó, sus ojos se dirigieron hacía Dominga y fue suficiente, ella inmediatamente entendió. La ausencia de las palabras volvió a hablar… Dominga sin afán bajó del taxi, Pérez recogió las maletas con fuerza, y sin más que una sonrisa volvieron a caminar. La frustración ya no estaba y el viaje debía continuar.26

El viaje siguió, pero sabían que no era un viaje fácil, que iba estar lleno de obstáculos. Llegaron a un punto donde para conseguir la pócima necesitaban ciertos ingredientes, uno de ellos era una manzana que estaba muy alta. Era un trabajo para Dominga. Después de toda un tarde, Dominga, con mucho apoyo moral de Pérez, pudo conseguir esa manzana que necesitaban para poder hacer la pócima. Solo faltaban cinco ingredientes con muchos obstáculos.27

Un queso mordido del ratón Pérez que se encontraba en una oscura cueva llena de dientes era el siguiente objeto secreto. Los brazos largos de Dominga se estiraron dentro, pero le fue imposible pasarlos entre los muros dentales y tesoros inimaginables. ¡Es imposible!, pensó Dominga, pero cuando volteó para decírselo a Pérez sólo vio su pequeña sombra entrando en la oscura cueva.28

No le dio importancia y giró la cabeza, pero Pérez estaba enfrente, de la nada salió, estaba justo sobre su nariz y le entregó un registro dental que tenía la fórmula para descifrar la forma de encontrar el diente específico que abriría el muro.29

26. Carlos Eduardo Montoya Cely 27. Ángel toldos a 28. LinaCos 29. Miguel Ángel Lopez 16
Camila Andrade 17

Este registro dental no era de un ser humano. Era de un burro. De esos que se atraviesan las montañas llevando bultos de café, matas de plátano, madera y libros. El registro dental despedía un olor nauseabundo parecido al aliento de un perro. Llevó a la luz la muestra del burro y encontró la fórmula con un código inusual. No era numérica. Contenía un montón de apodos referentes a su complejo de enano: chaparro, gnomo, chiquito, hobbit, chichón de piso, pulga, bajito. Pérez sólo pensaba por qué una fórmula que le recordaba su miserable condición le serviría para abrir ese muro. —¿Será un burro hablando de orejas? De repente se escuchó un ruido ensordecedor.30

Se asustó al escucharlo. Miró a su alrededor y todo estaba oscuro, pero alcanzó a ver una sombra a lo lejos, algo grande y espantosa. Entonces gritó, ¿quién anda ahí? Nadie dijo nada, sólo se escuchaban las ramas de los árboles que se movían con el paso del viento en esa noche tan nublada. Permaneció callado por un rato para ver si lograba escuchar algo de esa sombra que veía a lo lejos. —¡Pérezzzzzz!— se oyó.31

30. María Angélica Nieto U 31. Paula C. Guzmán Aldana 18
# Hardeco 19 #

Se estremeció por un instante, sin embargo siguió caminando hacia la voz que lo llamaba. A cada paso que daba, su corazón se aceleraba, pero continuó avanzando mientras la voz se hacía más clara y fuerte. La oscuridad y el viento le dificultaban el paso, así que se guiaba con los árboles para no tropezar. De un momento a otro, la sombra se confundió con la de los árboles y ya sólo se escuchaban las hojas caer y la brisa resoplar. Pérez no supo qué hacer. Se desorientó, no sabía a dónde ir. Escuchó unas hojas crujir detrás de él, saltó hacia delante y se enredó con las raíces de un árbol. Sintió unos brazos que lo ayudaron a levantar. Se puso de frente, conteniendo el aire, y suspiró.32

Con aquel suspiro sintió que el alma se le escapaba y se unía a la fría oscuridad. Vio un par de esferas iluminadas, se esforzó por distinguir los rasgos de una cara pero no lo logró, a esa corta distancia la oscuridad era casi palpable, como una cortina. Pérez tomó fuerzas, dio un leve paso hacia atrás y gritó: —¿Quién eres? Su grito resonó entre los árboles, aquellos ojos de misterio y temor se escondieron entre unos párpados, sonó el crujir de unas hojas y se dio cuenta de que volvía a estar solo. Giró y vio un pequeño punto blanco tan lejos que no supo si era un claro de luna o el par de ojos misteriosos que fueron en su ayuda.33

Pérez no era capaz ya de distinguir entre lo real y lo que su mente creaba. Su imaginación jugaba con él, y era tan fuerte el deseo de desprenderse de su soledad que a cada paso que daba se sentía acompañado; sin embargo, sólo una pequeña luz al final del horizonte cortaba la oscuridad donde se refugiaban sus creaciones.34

32. Irma Ruth Valencia 33. Juan Camilo Martinez 34. Felipe Cervantes 20 #

Era hora de seguir adelante y alcanzar esa luz al final del horizonte. Con determinación, el hombrecito caminó hasta ella. Ahí estaba la pócima —o lo que fuera— que salvaría a Pérez y a Dominga de ellos mismos, de su propio físico, del rechazo al que se sentían condenados. Esa luz cegó a Pérez, que cayó al suelo después de mirarla fijamente durante unos minutos, como hipnotizado, sin saber a ciencia cierta de qué manera ese destello iba a cambiar su apariencia. Perdió la consciencia y la luz empezó a brillar con más potencia.35

El destello de luz alcanzó lo profundo del alma de Pérez, que en ese instante se deleitó viendo lo poco que había logrado al lado de Dominga. Pérez pensaba que la pócima lograría solucionar sus problemas, pero la realidad era que su viaje estaba por comenzar.36

El viaje lo llevaría por el desierto gris en el que el agua escaseaba y los migrantes caían vencidos por la sed. Pérez era apenas un nombre, y en el desierto ya ni siquiera eso sería. Dominga sería a partir de ese momento apenas un recuerdo, y ahora la pócima, en realidad una cantimplora con agua fresca, sería su único amuleto. O más bien, su esperanza. Porque el agua escaseaba. Y la sed imperaba. Era el viaje de la verdad. Y la verdad solía ser descarnada como el sol a sus espaldas. Como la soledad que afrontaría. Como la tierra que dejaba atrás.37

35. Daniel Páez 36. Mairon Robayo Barbosa 37. Enrique Patiño 21 #

La ilusión de una respuesta, de un oasis de verdad y de agua los hacía avanzar, a él y Dominga, que aunque ausente lo acompañaba como un gran ángel que a veces, con sus alas, proyectaba una fresca sombra sobre su cuerpecito cansado. Pérez bebía pocos sorbos cada quince minutos y no podía acabar su pócima que, como si en verdad fuera mágica, parecía no menguar. La noche estaba por llegar y a lo lejos Pérez vio algo que parecía una carreta de circo. ¿Estaría allí el secreto que buscaba? Las opciones eran pocas y con el sol agonizando en el occidente no había otro lugar a dónde dirigirse.38

Se acercaron con cautela y agobiados por el cansancio se sentaron a descansar en la sombra que dejaba, cerca de la carreta, un parasol que los cubría a los dos. Advirtieron que alguien se acercaba. Dominga, sin pensarlo dos veces, se puso de pie, esbozó una hermosa sonrisa y, cuando se disponía a saludar, un fuerte sonido salió de la carpa, junto con luces que iban en todas las direcciones. Al lado de Pérez, que aún permanecía sentado, apareció un hombre muy pequeño, que los miró, empezó a dar brincos y gritó que había encontrado el reemplazo del show de los disparejos. Dominga y Pérez, sin saber de qué hablaba el hombrecillo, se miraron e intuyeron una oportunidad.39

38. Gustavo Jaramillo B 39. Patricia Castillo 22 #
# Camilo Otálora 23 #

El hombrecillo hablaba de un lugar enorme, en donde habitaban seres que jamás habían visto. No medía más de treinta centímetros y por su tamaño Dominga y Pérez supusieron que se trataba de cualquier lugar en el planeta. El hombrecillo insistía y no paraba de gritar que el show de los disparejos tenía reemplazo. En cuestión de segundos, el lugar se llenó con miles de seres del mismo tamaño, que corrían como locos y ataban a Dominga por los pies y dejaban a Pérez inmóvil, con la boca tapada y con la cabeza sostenida por cien pequeñines. Sonó un camión que se acercaba y de pronto los dos personajes se vieron encerrados en una gran cabina metálica.40

Aquella cabina, por su forma y tamaño, parecía contener la inefable condena de un encierro eterno. Los pequeñines desaparecieron tan rápido como llegaron, dejando a Dominga y Pérez con el corazón agitado. Se miraron confundidos. ¿De dónde salieron?, se preguntaban. ¿Qué vamos a hacer?, ¿por qué estamos acá? Las respuestas no llegarían pronto, por ahora debían enfrentarse a un horror que jamás hubieran imaginado. Un ser deforme y maloliente hizo aparición y les causó un miedo inenarrable. Aquella cosa intentó sonreír, pero su gesto apenas si llegaba a ser un rictus que, en otro contexto, hasta cómico habría resultado.41

Su apariencia era la de la desgracia, de años perturbados cargados de angustia y soledad, sus pasos eran lentos, pero en sus quejidos se notaba que algo había despertado su curiosidad, había emoción en su mirada, que se posó en los ojos de Pérez como si en ese repentino encuentro la respuesta a su mísera vida se hubiese revelado. Por alguna razón Pérez lo contempló del mismo modo, sin que le importaran las súplicas incesantes de Dominga, desesperada por alejarse de aquel ser. —¿Qui… qui… quién eres? —tartamudeó Pérez, pero no hubo respuesta, los gemidos de la criatura se habían ido y ahora yacía quieta, contemplando el rostro de quien jamás imaginó volver a ver. Pero ahí estaba, frente a él, tan joven.42

40. Mauricio Mejía Giraldo 41. Alvaro Vanegas 42. Manuel Arias 24 #

—Deberíamos irnos —insistió Dominga, que a duras penas lograba disimular su repugnancia. Pérez no se movió, ni siquiera hizo el intento de responder. Allí continuaba, erguido en su reducida estatura e inmóvil, por primera vez ajeno a su propio complejo. La presencia de aquella criatura con quien, sin saberlo, compartía un pasado no tan lejano, había conseguido hacerle olvidar una inseguridad que llevaba atormentándole durante años. —Dime quién eres —repitió—. Por favor. Entonces, la criatura comenzó a aproximarse.43

—Solía ser la razón de tu vida —dijo la criatura, acompañando sus palabras con una fría y sarcástica sonrisa.44

Luego musitó melancólicamente: —Ahora soy una triste sombra en tu presente. El desdichado ser tuvo un gesto como de hastiada resignación y agregó con displicencia: —Pero aún puedo llegar a ser el último rayo de luz de tu destino —diciendo esto, clavó sobre Pérez una profunda mirada que escarbó en él hasta lo más recóndito de sus olvidados recuerdos.45

La incertidumbre creada en Pérez al vislumbrar aquel sentimiento, que en la mente de Dominga repicaba oscilante entre su razón y sentimiento, produjo un llanto inesperado lleno de recuerdos desencadenados en el lapso de un segundo.46

En su mente, Pérez comenzó a recordar los tristes sucesos de su infancia.47

43. David Lozano garbala 44. Stefania Alfonso Rozo 45. John Montilla 46. Carlos Cruz 47. Diego Andrés Robayo Avilés 25 #

Bueno, pensó Pérez, luego de dejar vagar sus recuerdos hasta llegar a ella, a la mujer que años atrás le había robado la inocencia y lo había dejado en este mundo con un dolor en el corazón del que aún hoy, a sus años, no lograba desprenderse. —Bueno —le dijo—, si eres el último rayo de luz de mi destino, ayúdame a encontrarla. —¿A quién? —preguntó el extraño ser. Pérez no contestó. Esquivó la mirada de su interlocutor y en un acto de absoluta franqueza le pidió que lo escuchara. Así comenzó un relato de juventud en una calle oscura de un pueblo cordillerano, donde una noche de insomnio en compañía de Esteban, el hijo mayor de su padre, llegaron a la casa de Miguela.48

Era una noche de esas calientes, en las que ninguna almohada tiene un lado frío, en las que es imposible dormir, pensar, leer. Pérez salió a caminar por la casa, deambulando en busca de algo para beber. Miguela, que buscaba leer en el corredor de la sala, se quedó mirándolo mientras recorría los corredores de la casa, tratando con timidez de no hacer crujir la madera. Pérez sólo la vio cuando ella, torpemente, derribó un florero. Se puso colorada, no sólo por haber sido descubierta, sino porque había encontrado una parte de sí misma que en realidad se sentía atraída por ese hombre bajito.49

Peréz la miró con asombro, pues no pensaba que una mujer así tropezara tan fácil; la vio muy hermosa. Con timidez, de esas que son divertidas para aquellos que la admiran, se le acercó y dijo, titubeando y con su normal miedo al fracaso: —Hola. Miguela, que estaba más ruborizada que nunca, le respondió con su toque dominante: —Buenas noches. Miguela en ese momento no se percató de que quizá, con su acto de cordialidad, emprendería un viaje más grande que su vida misma.50

48. Gerardo Meneses Claros 49. Un amiguirri 50. Julan 26 #

Un viaje inesperado hacía los laberintos de Pérez, un vuelo sin retorno, una vida que se partiría en dos. A veces el destino se queda sin brújula, y quienes están dentro de él suelen caer en una espiral sin fondo, oscura, amarga, como el alma de Pérez. Su corazón ya no latía igual por Miguela. Su amor fue una carta escrita que nadie recibió.51

Dicha atracción se fortaleció luego de que entablaran una larga charla hasta el amanecer, lo cual se volvió un hábito para cada noche caliente en la que ninguno deseaba encontrar una almohada fría, dormir, pensar o leer, sólo querían encontrarse nuevamente bajo el manto nocturno y hacer de sus largas charlas una oportunidad de fortalecer y alimentar su obvia atracción.52

Pérez continuó recordando, porque la historia que tenía con Miguela era digna de no ser olvidada jamás. Cómo olvidar, por ejemplo, esas noches maravillosas a la orilla del río Magdalena, cuando ella se le acercaba durante el baile con una pasión disimulada que le llegaba hasta el mismo fondo de los huesos. Pérez no se imaginaba encontrar una dama con tantos atributos: femenina, afectuosa, solidaria, honesta y sensual.53

Fue su belleza, o quizás su forma de caminar, el brillo de su mirada decía cosas que él solo entendía. La química entre Pérez y Miguela era evidente. El destino, sin embargo, les tenía preparado el trago más amargo de sus vidas…54

El fin era sólo un punto de inicio, levantarse era todo un momento de cólera. Qué ruin y gris aquel momento en que el sol llamaba a la ventana, ese era el principio de un mundo real y no muy bueno para dos ilusionados.55

51. Luisa Piñeros 52. Edwin Valdivieso Gómez 53. Erasmo Rodríguez Barreto 54. Vale y Migue 55. Alber González 27 #

Despertó a la mañana siguiente cubierta de caracoles y en su asombro intentaba entender la extraña situación. Miguela se sentía asqueada por el olor y el contacto de su piel con los caracoles que se habían deslizado por todo su cuerpo. Intentó levantarse súbitamente, pero se encontraba pegada a la tierra por una baba extraña, como si los caracoles se hubieran dado a la tarea de inmovilizarla. Escuchaba el sonido del viento agitando los árboles, de los pájaros matutinos y de uno que otro carro que pasaba a lo lejos. En medio del delirio, escuchó la voz de un hombre.56

—¿Qué es eso que te atormenta? Ella, inmóvil, intentaba concentrarse en aquella dulce y melodiosa voz. De repente, detrás de su espalda, unas manos cálidas y suaves empezaron a recorrer centímetro a centímetro su espalda. Miguela, con los ojos cerrados, sentía cómo su cuerpo experimentaba miles de vibraciones y su sangre empezaba a hervir. Quiso voltear su mirada para contemplar el rostro de aquel ser extraño e intruso, pero su alma lentamente se empezaba a elevar.57

—No es que sea desconfiada —dijo ella—, pero es que me parece que si se me va el tormento que me aqueja, después me aquejará el tormento de no sentir el recorrido de sus manos cálidas. Pero siguió temblando y vibrando. Deténgase, pensó. Pensó que lo había dicho, y al ver que no se detenía tembló, vibró y emitió pequeños jadeos, mientras se saboreaba el labio inferior. Entonces recordó su pasado, sus costumbres y se sacudió aquel deseo como si fuera un bicho maloliente, se dio la vuelta y gritó: —¡No más, por favor! Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando se vio absolutamente sola.58

56. Luz Mi 57. Luisa Fernanda Morales 58. Juan Ramón Vera Rodríguez 28 #

Sin percatarse, perdió contacto con la realidad que la rodeaba, y se encontró en un silencio total, casi místico, del que no quería regresar. Pasó algunos segundos así, hasta que escuchó de nuevo esa voz que le decía: —¿Qué es eso que te atormenta? Miguela volvió en sí y volteó lentamente hacia aquel hombre. Tuvo que bajar mucho la mirada, pues el hombre era de muy reducida estatura. Él, que tendría entre treinta y treinta y cinco años, con un rostro de cálida expresión, con una mirada intranquila y con los ojos puestos en los de Miguela, la tomó suavemente de la mano y le dijo: —Siento que te conozco desde hace mucho tiempo. Miguela estaba desconcertada.59

Notoriamente nerviosa y con los ojos puestos en el vacío, no pudo comprender la familiaridad con la que el hombre le hablaba. Era mutuo el sentimiento: parecían conocerse de tiempo atrás; aun así, el temor, por el momento, no estaba en camino de desaparecer. Sin entender lo que sentía, ella tenía claro que él había sido alguien importante en su vida.60

Desconcertada porque en su interior sabía bien lo que sentía por Pérez, Miguela sintió que ese momento en el que él tomaba su mano era el momento adecuado para lanzarse a sus pequeños brazos y expresarle sin más preámbulos lo que tanto había callado. —No me había fijado en el hermoso brillo de tus ojos —dijo Pérez. —Siempre han estado a tu lado acompañándote en nuestro camino. —Muchas veces no nos damos cuenta de la magia que rodea nuestras vidas. Sin decir nada, ella se inclinó y besó su mejilla.61

59. Alejandra Vanegas 60. Víc y Ange Sandoval 61. Julian Caro 29 #

Su corazón latía tan fuerte que lo podía sentir en la garganta, se sentía tan viva pero a la vez paralizada… algo dentro de sí le decía que aquel hombre no era un hombre común, de los que ves pasar por ahí; era de aquellos seres que hacen que tu vida tome otro rumbo, y en un instante pensó62en acercarse lentamente a él, observar sus ojos, saciados de ternura, tomar su mano para así comprender el porqué de su particularidad y pedirle que la acompañara en su búsqueda, sin importar el riesgo de lo prohibido.63

Pérez reflexionó que le hacía falta Dominga y aun cuando no tenía ninguna alternativa a sus problemas la compañía y la complementariedad le hacían falta. Se imaginó bailando con ella, teniendo de fondo la orquesta de Los Tupamaros, y recordó el amor de sus padres en las tradicionales fiestas quinceañeras ambientadas con Los Melódicos, donde se consumían melcochas elaboradas por los anfitriones. Se decidió a reencontrarla para expresarle estos pensamientos y proponerle buscar la próxima fiesta típica para disfrutarla al máximo, pues las diferencias de estatura no impiden bailar y divertirse mientras siguen buscando la anhelada pócima.64

Luego de unos minutos recordó con melancolía que no sabía dónde encontrarla, recordó que a pesar de todo el tiempo es tiempo y para ellos se hacía tarde. Pérez miró a su alrededor, sintiéndose nada, acompañado sólo por la ausencia de la mujer que amaba; miró hacia arriba anhelando encontrar su rostro, mirarla como solía hacerlo, como su universo. Y es que eso era Dominga, ahora era su universo.65

62. Carolina Arias 63. Lina Merchan 64. María Cristina Franco A 65. Karen Hueso 30 #

Después de una búsqueda entre bosques y valles, caminando de día y de noche, Pérez logró reencontrarse con Dominga. Cuál sería la felicidad de Dominga, que lo vio más alto y feliz. Pérez le comentó sobre la anhelada fiesta típica a la cual asistirían próximamente.66

Dominga imaginó el sonido de la chirimía y el baile de los zanqueros, que estarían a la altura de ellos dos, los refrescantes sorbos de chicha, y no estaría mal, se dijo, si el plato fuerte fuese un delicioso cocido boyacense.67

Aunque tal vez podría caerle pesado, con las ganas que tenía de bailar. ¿Se vería muy ridícula, con la cabeza sobresaliendo sobre las de todos los demás? Decidió que por una vez no le importaría, dejaría sus inseguridades atrás, y se preparó para el baile con su mejor vestido, se arregló el pelo y se maquilló como nunca lo había hecho. Esta vez estaba dispuesta a disfrutar.68

Eligió sus tacones rojos y al ganar altura se sintió dueña del mundo o, por lo menos, dueña de algo que no podía explicar. Esta vez voy a deslumbrarlos a todos, pensó, y con un tarareo de timbales y congas en su mente echó un portazo, disponiéndose a vivir su propia vida.69

No sin interés asistieron ambos a la fiesta del pequeño pueblo de Retonia. Con la búsqueda de la fórmula siempre atravesada en sus pasos —más largos ahora en Pérez, pero todavía más fuertes en Dominga—, decidieron aflojar los cuerpos, dejarse llevar por la música costera y por los cocos rellenos de quién sabe qué hongo, repetía Dominga, quien ya sumaba cuatro. La embriaguez de ambas mentes los condujo ya no a la reunión de los sabios del pueblo, quienes colaborarían sin duda con su búsqueda, sino a un bosque próximo en el que pasarían la noche.70

66. Marcia y Antonia rodriguez Gómez 67. Carlos y Ruby 68. Andreacine 69. Miguel Ángel Pineda Cupa 70. Estefanía Cortés 31 #

Después de las rumbas y los festejos, se hallaron dentro de un gran bosque donde las cosas pequeñas se veían grandes y las cosas grandes se veían pequeñas. Al voltear a mirar, Dominga estaba a la altura de Pérez y Pérez estaba a la altura de Dominga.71

¡Qué sensación aquella! No había una imagen, un lugar, unas palabras, un olor… nada, absolutamente nada, que pudiera comparársele. Las fortuitas contradicciones de este viaje, ahora, se hallaban materializadas en un instante.72

¿Era verdad? ¿No estaría la fantasía o la locura jugando con ellos una vez más? A pasos dulces y cortos se acercaron uno al otro para verificar con algo más que los ojos el milagro de la igualdad, pero apenas Pérez había tocado los dedos de Dominga un despertar violento y triste los sacudió mostrándolos tendidos en un pastal, perdidos entre botellas vacías y cuerpos de borrachos inconscientes. La noche de rumba los había alcanzado como un tramacazo y a pesar de que Pérez seguía siendo igual de pequeño sentía que su cabeza era titánica. En medio de su jaqueca apenas miró a Dominga cuando lamentaba su suerte mientras arrancaba con rabia pedazos de suelo. Nada había cambiado.73

71. Las pringamosas 72. Adriana Gonzalez 73. Jerson Hernández 32 #
# Cristian Rios 33 #

Como el bosque solamente era de imágenes, se dieron cuenta de que en realidad sus tamaños eran los mismos de siempre. Adicionalmente, los efectos de la rumba les habían jugado una mala pasada. Pero su empeño no se limitó por eso y siguieron buscando la pócima, aunque ahora les surgió otra idea.74

Como el bosque estaba lleno de imágenes, tal vez hubiera una imagen de la pócima, una pista suelta en algún lugar que les permitiera llegar a ella. Por lo tanto se dieron a la tarea de buscar esa imagen. Buscaron y buscaron, debajo de piedras de caracol, en las ramas origámicas de los árboles, dentro de los nidos de los búhos multicolor, y nada encontraron.75

El espectro del sol que descendía colgado a las faldas de la brisa parecía contribuir a la búsqueda, ya que metía los filamentos de su luz por entre las ramas de los árboles sonoros. Estos debatían, a lo mejor, acerca del lugar donde se hallaba el objeto que el señor Pérez y la señorita Dominga anhelaban, ¡debía existir al menos una pista en aquel verde susurro, en aquellos trinos alegres que parecían la evocación de una esperanza!76

En su ansiosa búsqueda, Pérez y Dominga llegaron, sin darse cuenta, hasta el centro de un claro saturado de decenas de miles de plantas de dientes de león, que fulguraban con el intenso amarillo de sus flores y cuyas frágiles semillas a merced de una suave pero continua brisa se movían en un delicado vaivén que les produjo una sensación de mareo. De súbito, el sosiego del lugar se vio interrumpido por una fuerte ráfaga de viento, que desprendió millones de volátiles semillas que empezaron a revolotear frenéticamente en torno a ellos, que sintieron ahogarse en un mar de pelusa; corrieron casi a ciegas para salir de allí, tosiendo y escupiendo las secas simientes. Algo raro pasa, se dijeron.77

74. Juan Francisco Valbuena 75. Gabriel Martinez Rojas 76. Jorge Escobar M. 77. Zancho Pienza 34 #

Con los ojos enrojecidos por la alergia que les provocó la pelusa, se sentaron en silencio para pensar qué podría estar ocurriendo. Pérez pensó en el saboteo de un posible grupo que quería llegar primero para apoderarse de tan anhelada pócima, Dominga un poco más optimista prefirió echarle la culpa al mal tiempo. Así que, una vez recuperados del episodio, decidieron continuar y cumplir su propósito. No había mucho tiempo, pues se sentían continuamente perseguidos.78

Agitados, comenzaron a subir la montaña y al llegar a la cúspide encontraron la entrada a una cueva. Allí había una inscripción en la pared, un poco borrosa, que decía: “El camino es muy engañoso, y para hallarlo debes ir a lo más profundo de tus sentidos y de tu mente. Abre tu tercer ojo, siente más allá de lo que tu cuerpo te permite. Busca en la sabiduría de la naturaleza, cuando la luna esté totalmente llena deja que tus sentidos se guíen por el brillo inusual de los hongos para que te muestren el verdadero camino entre tu mente y el mundo real. Así hallarás la pócima”. Luego de leer detenidamente el mensaje, Dominga y Pérez se embarcaron en un viaje psicodélico en busca de su sueño.79

En medio del trance Dominga y Pérez se enfrentaron a una dura prueba. Los espíritus del monte, aprovechándose del estado en que se encontraban, jugaron con sus cuerpos y sus mentes. Dominga empezó a bailar rodeada por muchos hombrecitos pequeños, no podía parar de reír mientras Pérez se sumergió en un miedo profundo, hasta llegó a pensar que ni siquiera la muerte lo salvaría de tal agonía. Para los dos fue difícil encontrar un equilibrio, se sintieron vacíos y entendieron que se habían dejado llevar por banalidades. Para encontrar el verdadero camino tenían que ser fuertes de corazón y de espíritu y no dejarse arrastrar por esas distracciones terrenales.80

78. Pilar Gómez 79. Alejandra Riaño 80. María Alejandra Rojas Matabajoy 35 #

Optaron por descender la montaña y seguir el camino que esta vez había elegido Dominga dejándose llevar por una corazonada. Dominga notó que Pérez empezaba a ponerse lívido, sus fuerzas se desvanecían con cada paso que daba, sin embargo caminaron por horas sobre un terreno fangoso, lleno de maleza y vegetación marchita. Por otro lado, el clima no jugaba a su favor, en el cielo figuraban ya grandes nubarrones, el agua se les vino encima y corrieron hacia un rinconcito que tenía como techo chamizos de un leño medio quemado. Pérez, fatigado, no hizo más que sentarse en un tronquito húmedo igual a su tamaño y reclamarle a Dominga por tan pésima decisión.81

Mientras esperaba a que cesara la lluvia, Pérez pensaba en qué hacer para recuperar sus fuerzas y, si era posible, encontrar un camino más seco y tranquilo. Dominga no perdió el optimismo y cantaba mientras la lluvia menguaba… Pérez recuperó un poco de fuerzas y logró ver a lo lejos un pequeño arbusto con bayas, dulces y pequeñas, que fue a comer. No fue mucho, pero el color volvió un poco a su rostro y más animado le dijo a Dominga que continuaran su camino.82

A la mitad de su recorrido observaron con gran asombro a un ser maravilloso con ojos grandes como dos lunas llenas que resplandecían y una melena rubia y hermosa que cubría parte de su cuerpo. No sabían exactamente qué era, sólo podían sentir su energía, que llenaba de tranquilidad sus almas, haciendo que por un momento se olvidaran de todas sus angustias y del deseo de continuar su largo y aventurero camino.83

81. Julian A Lombana 82. Álvaro Montenegro 83. Maribel Bueno Rico 36 #

Sus ojos, sus inmensos ojos envolvían el ambiente con una misteriosa calidez, y su rubia melena se mezclaba con la luz que de su presencia se desprendía. Era una luz reveladora, de esas que no ciegan al mirar, una luz que revelaba aquel profundo secreto, aquel que con tanto recelo había guardado el maravilloso y anciano sabio que alguna vez experimentó con los más oscuros métodos para lograr que la luz lograra vivir en el mismo espacio que su amada oscuridad, aquel antiguo método que también podría revelar la forma para que Dominga y Pérez lograran su tan deseado cambio.84

Con un tono amable y despreocupado, se incorporó, diciendo: de la mano del viento podrían tomar varios caminos, sólo uno es el indicado. Sin colores, es difícil ver cuál es la corriente adecuada, sin embargo, para ver el color del viento no se usan los ojos, son más efectivos los perfumes de la cercanía, perfumes que no se perciben con la nariz, sentir es algo complejo. Con cierto desdén, decidieron detenerse un momento y pensar en lo que dijo la criatura.85

Pero no, sabían que de todas las cosas importantes en la vida la única que debía ocupar sus pensamientos era encontrar la forma de solucionar el pequeño dilema al que los había enfrentado la vida y sintieron que no habría tranquilidad ni descanso. Fue ahí cuando aquel ser maravilloso desapareció, en una espesa nube de humo, y en el viento se escuchó: —Son ellos los elegidos para tan ardua labor, no habrá trampa alguna ni hechizo poderoso que acabe con este amor. 86

84. Raúl Urrutia González 85. Henry Angulo Díaz 86. José Luis Toloza Sánchez 37 #

Fue entonces cuando Dominga, aprovechando su estatura, con un poco de dificultad, bajo la lluvia cargó a Pérez para que pudiera subir a un árbol y tomara un objeto que brillaba. Ambos comprendían que tal vez no era una casualidad sino una causalidad haberse conocido, así que continuaron la búsqueda que los llevaría a encontrar la cura. La pista que Pérez ahora tenía en las manos indicaba tres caminos a seguir. Cada camino tenía un color diferente, rojo, gris y negro, y entre los tres formaban un triángulo perfecto que los dejó más confundidos.87

Sin embargo, decidieron ir por el camino rojo. En este extraño camino las cosas no eran lo que parecían, todo dependía de la mente del caminante. Alguna vez, Dominga escuchó que el rojo es el color del amor, pero Peréz había escuchado que era el de la muerte. Por eso, alrededor de Dominga aparecían cuadros con los momentos más felices al lado de Pérez, mientras que él sólo veía sangre y personas pidiendo ayuda.88

Era algo confuso para los dos, parecía reflejar lo que sentían realmente. Pero, para Pérez, a diferencia de Dominga, lo que estaba experimentando entonces significaba otra dificultad más que lo pondría a prueba y mediría su valor. ¿Realmente eran capaces de continuar por el camino rojo, lleno de verdades agradables y desgracias? ¿Tenían la valentía suficiente para merecer la pócima? Las imágenes que circulaban en la mente de Pérez eran atroces; dentro de él se encontraban sentimientos reprimidos de tristeza, odio y rencor, y aunque amara a Dominga no había rastro alguno de cariño en sus pensamientos. Estaba invadido por una creciente sensación de discordia, tanto así que olvidó estar acompañado.89

87. Carol Artunduaga Osorio 88. Carolina González 89. Angélica Alayón Carrión 38 #
# Nicols Gaviria 39 #

Un caballo atravesó el campo, se detuvo un instante al sentir el olor de los caminantes en el aire y decidió acercarse. Tal vez no fuera un caballo miedoso, tal vez fuera pura curiosidad o de pronto el capricho de alguien que es escondía detrás del destino extraño del enano y la alta. Mientras el caballo se tragaba la distancia que los separaba, Pérez y la Dominga seguían haciendo el recuento de lo que habían alcanzado a entender. En silencio y cada uno por su parte, empezaba a cocinar un pequeño sentimiento caliente, una pepita de desprecio por el otro que adelgazaba su voz y hacía temblar sus manos en el momento menos indicado. Culpando al otro por las penurias del camino y las dificultades,90Pérez se dio cuenta de que Dominga no valía la pena, tal vez porque estuvo celoso y deprimido en silencio, sin ninguna compañía ni consuelo de Dominga, y la única conclusión que sacó fue que Dominga no sentía lo mismo por él. Así que, decidido, siguió su camino solo y con su único consuelo, su gato, al que por casualidad le puso Domingo, otra cosa que lo haría recordarla —qué mal, pero aun así Pérez se estaba dando cuenta poco a poco de lo mucho que sufría por ella y que lo único que haría y pensaría sería en olvidarla—.91

—Esta noche que parece más alba que ocaso, cuando el gallo cante por vez primera, ya no seré más —pensó Pérez—. Sí, he decidido que no estaré más en esta horrible apariencia. La muerte será la salida más honorable de este mundo de valientes, aunque no sé si seré un cobarde al empujar la butaca y esa soga corte brutalmente el paso del oxígeno a mis pulmones. Acaso seré un valiente… o un estúpido —gritaba—, por creer que me sa ldré con la mía. Realmente no sabía que incluso aquel plan que estaba urdiendo contra su propio hálito no era menos que un paso a seguir en un porvenir ya escrito. Pronto se daría cuenta de que su final no era asunto de potestades tan insignificantes como la suya.92

90. Francisco Montaña 91. Violeta Correa Bohorquez 92. Cristian Camilo Moreno Sanchez 40 #

Pérez, en medio de su confusión, buscó irse por múltiples caminos. Cada camino ofrecía una alternativa y su duda era cuál de ellas podría garantizar que la pócima funcionara o que ahí estuviera la pócima. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sentido de su oído, descubrió que cada sonido se hacía más fuerte, pudo enfocar y diferenciar el canto de los pájaros y las hojas de los árboles, y de repente escuchó gaitas, timbales, tamboras, jolgorio y alegría que lo atrajeron como un imán. ¿Será por ahí?, se preguntó.93

Su mente bloqueó su camino, lo cegó hasta perderse en su propio mundo, no pensó en nada más, sólo en dar un paso atrás, se creyó budista y eliminó ese deseo que su leyenda personal había creado, dejó el apego hacia su amor, convirtiendo en una roca su corazón. Y el color que sus ojos irradiaban al ver a Dominga, ¿ Dónde quedó ?94

Pasados unos minutos y perdido por la cólera que lo invadía, Pérez abrió los ojos y en ese instante se dio cuenta de que ya no tenía a la vista el camino rojo ni a su amada Dominga. Se lamentó, porque sabía que la ira que lo había separado del camino y de Dominga no era más que el reflejo de su cobardía. Por otra parte Dominga, aún frente al camino, se encontraba indecisa acerca de su proceder, pues creía que Pérez se había marchado producto de la ira que sentía hacia ella y no por un torpe descuido que lo extravió. ¿Debía ir tras Pérez? ¿O armarse de valor y continuar sola en la búsqueda de la pócima?95

93. MarmoR 94. Karen Forero 95. Daniel Esguerra Rodríguez 41 #

Dominga no experimentó sensación alguna con respecto a continuar o no el camino rojo. Por el contrario, su deseo era dar pronto fin a esta absurda y cruel odisea que parecía nunca llegar a término, feliz o trágico, definir de una vez por todas tanta incertidumbre y melancolía de un viaje cuyo fin era lograr un gran cambio en su vida, pero que ahora se distorsionaba. Supo que no sabía qué cambio estaba buscando y, como en su infancia, el suicidio recorrió su mente.96

Pérez empezó a sentir asco de su vida y como si un sabor a sangre se deslizara por su lengua vomitó sus verdaderos sentimientos, mientras su cuerpo, cual masa inerte sin resistencia alguna, se aproximaba al suelo. Dominga lo vio caer, sus ojos se abrían contemplando tan majestuoso trabajo de la muerte, mientras una leve sonrisa se desprendía de sus labios…97

A medida que él seguía consumido en sus pensamientos, se iba encorvando cada vez más, se podría decir que casi tocaba el piso con su nariz. La tensión asfixiaba la escena. En ese momento Dominga, con su suave mano, estampó una fuerte cachetada en la cara de Pérez. Al instante Pérez cambio su postura y le dijo a Dominga: —¿Qué carajos te pasa? Y ella, con su aguda voz, respondió: —Sólo mira hacia arriba. Perplejo, Pérez la miró y acto seguido levantó la cabeza. Quedó aún más asombrado.98

96. Wilson Fernando Rodríguez 97. Efren Yamid Rodríguez Gómez 98. Feno Mozo 42 #

Tal vez era el color rojo el que incitaba a Pérez a vivir tales sensaciones negativas, tal vez era que el rojo, como a los toros, lo enfurecía. Para él, el camino rojo parecía un río de sangre que llamaba a la muerte, no muy diferente a lo que pensaba Dominga, quien pensaba lo mismo, sólo que para ella esa sangre alimentaba un corazón lleno de amor. Pérez recordó que a su lado estaba Dominga y con una actitud valiente pero algo cínica decidió tomar el camino que podría separarlo de ella, al mismo tiempo ella lo acompañó, pues pensaba que si caminaban juntos, lo harían para la eternidad. Así fue como emprendieron un viaje con rumbo desconocido.99

Sus pensamientos lo perturbaban y parecían estar luchando contra sus sentimientos en una dimensión en la que no podía tener el control total. Al menos no por el momento. Dominga lo miró a los ojos intentando descifrar qué pasaba por su mente, pero por más que buscó y hurgó en la penumbra de su mirada no logró internarse en sus pensamientos. Sin saberlo, esto sería lo mejor para ambos. Así no tendría miedo de seguir adelante por ese camino escabroso que estaban enfrentando, y podía seguir caminando confiada de la mano de Pérez. Es posible que su presencia pudiera ayudarlo a ganar esa lucha. Entrar en su dimensión, sin estarlo. De lo contrario no podrán encontrar las respuestas.100

99. Omar Méndez 100. Sandra Herrera Marrugo 43 #

Sintiendo intriga por lo que pasaba por la mente de Pérez al notar que su actitud hacia ella era diferente, decidió preguntarle que si realmente se sentía en la capacidad de asumir los retos de obtener la pócima, a lo que Pérez respondió: —Me siento perturbado por lo que pasa por mi mente, siento miedo al saber que nos enfrentaremos con algo difícil por conseguir la pócima, pero creo que al final de superar todos los obstáculos conseguiremos lo que juntos deseamos. Al escuchar esto Dominga se llenó de fuerza y abrazó a Pérez.101

Dominga rehacía en sus pensamientos los momentos que pasó junto a Pérez y recordó entonces la verdadera razón por la que habían emprendido su viaje: querían encontrarle algún sentido a su relación, a su despertar y a su diario vivir. Continuaban su camino, y a medida que se iban acercando a su destino se encontraron con una rata parlanchina que les reveló los atajos para llegar a la pócima. Sin embargo, Pérez tendría que confesar su mayor secreto.102

La última prueba que Pérez debía enfrentar antes de llegar a su objetivo sería revelar aquel secreto que había guardado toda su vida, ese secreto que muchas noches lo desvelaba y otras tantas lo atormentaban. ¿Sería ese el día en el que aquella carga dejaría de pesarle? ¿O, por el contrario, esto lo alejaría de su relación con Dominga? —Sólo siguiendo este camino podrán llegar a la pócima —comentó Toby, la rata parlanchina. Sin embargo, Pérez había estado sumergido en sus pensamientos cuando Toby les revelaba los atajos; sin más que decir, Dominga se despidió de la rata y siguió su camino con Pérez.103

101. Luisa Rozó 102. 99 & 00 103. Diegoe 44 #

Pérez corría. Podía escapar de todo, menos de sí mismo. Tenía un secreto, tenía la garganta atravesada por mil palabras. Del amor, no conocía nada. Ese era su secreto. Sin embargo esta era su oportunidad de amar, ella era la mujer con la que quería los atardeceres en cada mágico paisaje, en la montaña más alta de la ciudad o en la playa más efímera del Caribe. Corría y parecía por fin estar cerca de lograrlo.104

Mientras transcurría el tiempo Pérez reflexionaba sobre su inquietante secreto, pero decidió no darle más vueltas al asunto y desprenderse de sus preocupaciones. —Vamos a tomarnos una pola —dijo Pérez. Dominga aceptó y emprendieron su camino hacia la plaza del 20 de Julio. En un primer momento Dominga no tenía claro a dónde se dirigían, si a un bar o a seguir su camino, pero aceptó las condiciones de Pérez.105

Al llegar, Pérez tomó a Dominga de la mano, pero ella se resistía a seguir caminando. Vamos, dijo, mientras jalaba con fuerza, pero Dominga se resistía, ella lo sabía, sabía lo que les esperaba, algo que los iba a enfrentar a una nueva realidad, de la que no podrían escapar. A lo lejos, una casita con festivos pompones llamaba a la fiesta. Pérez, emocionado, no percibía lo que Dominga temía. Una figura oscura y frívola los esperaba a la entrada, los miraba, Dominga sentía que su corazón iba a explotar, pero cómo decirle a Pérez, cómo decirle que ella lo sabía, que para ella el camino había de terminar muy pronto… Pérez, en medio del júbilo, no presentía aquello que ocurriría.106

104. Sebastián Narváez Núñez 105. Laura 106. Marcela Vega 45 #
# Felipe Barbosa Don Felo 46 #

Iban hacia ese punto iluminado, movidos por la atracción que ejerce en los hombres aquello que se desconoce pero se supone jocundo. — ¿Por qué esa cara? —preguntó Pérez intentando, como siempre, entornar la mirada lo suficiente para poder llegar hasta las alturas de los ojos de Dominga. Ella prefirió no responder y continuar la incertidumbre de su camino hacia el lugar.107

Pérez se dejaba llevar por una música envolvente que sonaba cada vez más fuerte, y muy en el fondo dejaba que ese embrujo recurrente se apoderara de él… Siempre ocurría, la música era su fascinación y su derrota; Dominga, por su parte, nunca lo entendía, habían sido incontables las veces en que esa obsesión de Pérez les había convertido las tardes de domingo en silencios interminables… Muchas veces acompañados apenas por el insistente golpeteo de la lluvia en el alféizar de la ventana, cosa que para Pérez era otra forma musical y que Dominga nunca entendió como el vehículo que le traía de nuevo la paz a su alma.108

Pérez había llegado siendo muy pequeño a aquel terruño, cuando aún despuntaban los criaderos de cangrejos y nadie sabía nada del porvenir ni de las mareas. En tanto que Dominga conocía esos lares desde siempre, sabía de antemano cuando habían de llegar las tormentas, podía prever cada trueno con solo mirar al cielo. Y lo más fervoroso, las gentes se aproximaban a ella como una adivina, casi como una sacerdotisa. Pérez y Dominga estaban a punto de llegar a la fiesta.109

Lugar que estaba en todas y en ninguna parte. En su andar, Dominga recordaba los días felices de su infancia y cómo cuando era pequeña miraba a sus amigos de igual a igual, sin imaginar cuánto crecería y cómo sufriría con ello. Por su parte, Pérez deseaba estar en el cuerpo de Dominga y tener su estatura. Ninguno de los dos era realmente feliz con su estatura.110

107. Jaime Andrés Monsalve 108. Miguel Camacho Castaño 109. Juan Carlos Garay 110. Alfrdrish 47 #

El ambiente festivo de la casa contrastaba con el interior de Dominga. Ignorando lo que acogía el corazón de su compañera, Pérez se mezcló fácilmente entre los ocupantes y el mobiliario de la casa, particularmente decorada con vivos colores que confundían los platos de comida con las cortinas o las paredes. Pérez se sentía emocionado, pasaba por alto la figura oscura que ahora los acechaba desde una esquina.111

El lugar les recordaba la vieja casa de sus abuelos, con pisos de madera, amplios pasillos, escaleras crujientes y el típico olor a violetas. Sin embargo, a pesar de lo acogedor, en el ambiente algo se sentía intranquilo, sensación que aumentaba la incertidumbre de Dominga y la hacía sentir menos familiar. Al fondo, la silueta del anfitrión los invitaba a continuar. Pérez disfrutaba de la compañía de alguien diferente.112

El sexto sentido de Dominga no la dejaba avanzar, pero Pérez no comprendía esto debido a la alegría de esta fiesta que lo invitaba a hacer parte del ritmo de sus tambores, sus guitarras y de las voces al unísono que entonaban las letras de cantos típicos de esta región.

Aún con unos pequeños empujones y con el pecho comprimido por esta mala premonición, Dominga no pudo resistir los deseos de Pérez de hacer parte de la fiesta. La distancia cada vez más corta que los separaba de la figura oscura hacía que las manos de ella sudaran mucho y progresivamente sintiera un frío apoderándose de su cuerpo, el instante era ya inevitable y el contacto lentamente se acercaba paso a paso.

111. Harold Vargas 112. Micaela 48 #

La figura frívola comenzaba a hacerse más clara y unos ojos brotaron de esa sombra espesa, ojos que se clavaron en ella y siguieron cada paso que daba hacia la muchedumbre. Dominga no tuvo más remedio que cerrar los ojos, apretar sus manos disimuladamente y fingir serenidad para no llamar la atención de este misterioso ser, pero un instante después su temor aumentó y se hizo más agudo pensando en los ojos incesantes que ahora estaban sobre su espalda.

Sus piernas temblaban, pero ella intentaba no hacerlo notar pues no podía dejar ver su intranquilidad, hasta que desesperada por la cruda idea de este ser en su sombra decidió mirar hacia atrás en un movimiento no muy largo, y aquí su temor se derrumbó al ver a este personaje de espaldas con su vista macabra en otro punto. Dominga pudo respirar profunda y tranquilamente en ese momento, pero su pecho volvió a colapsar, esta vez con lo que tenía por delante.113

Allí había una mujer esbelta, de larga cabellera y penetrantes ojos negros, cuya mirada generaba escalofrío. Todos los allí presentes le rendían honores al pasar por su lado, lo que confirmaba que era la anfitriona de aquella fiesta. Cuando los ojos de esta dama se encontraron con los de Dominga, comprendió que la fuerza que los había traído a ese lugar provenía de ella. Sería ella la que los encaminaría de nuevo a su objetivo, conseguir aquella pócima. Intentó Dominga ubicar a Pérez, y miraba para todos lados a su alrededor, pero la multitud le impedía localizarlo. Cuando volvió su mirada a aquella atractiva mujer, observó que Pérez ya se encontraba hablando con ella.114

113. Douglas Sebastián Quiroga Méndez 114. Diego Edison Martínez Delgado 49 #

Pérez sacudía su cuerpo al ritmo de los tambores, parecía no haber vivido antes tal alegría, como si por primera vez descubriera el mundo, la música, sus músculos. Era feliz y por un instante se sentía libre de todo, tanto que por momentos parecía olvidar que Dominga se encontraba a su lado. Por eso, Pérez no podría acaso imaginar el temor profundo que la acechaba. Dominga por su parte no entendía cómo la gente a su alrededor no presentía siquiera la oscura energía de aquel ser que la acechaba con su mirada, por momentos deseaba gritar y ser escuchada, que la música cesara y que todos fueran testigos del horror que recorría su cuerpo.115

En aquel momento su fingida tranquilidad no fue efectiva, pues todo pasó tan fortuitamente que dio un respingo hacia atrás. Aquel ser que estaba adelante efectivamente la miraba; era una mirada profunda, como si intentara descubrir sus más escondidos secretos. Tan Pronto Dominga notó que los ojos de ese ser no se desviaban de ella, bajó la mirada al piso y a la vez sintió como su pecho era recorrido por un sudor frío que descendía también por todo su cuerpo. Nuevamente su incesante curiosidad la alentaba a levantar la mirada, pero cuál sería su sorpresa al sentir cómo una mano se posaba en su mejilla derecha.116

El tipo estaba frente a ella. Sus ojos rojos refulgían. Su boca esbozó una mueca que dejó ver unos dientes torcidos, amarillentos, y percibió el asqueroso olor de su aliento cuando una vaharada escapó de su boca al pronunciar su nombre. —Dominga —dijo. Ella estaba petrificada. El sujeto puso sus dedos largos y huesudos sobre sus hombros, apretó levemente y acercó su cara a la de ella. —Vendrás conmigo. Pérez trató de apartar al sujeto, pero éste lo lanzó de un manotazo y cayó sentado. El sujeto lo señaló con el dedo, viéndolo con ojos llameantes. De sus espaldas salieron un par de alas y se elevó con Dominga en sus brazos.117

115. Laura Gómez 116. David Ricardo Rodríguez 117. Mauricio Vargas Herrera 50 #
# Nikolaz Gonzalez 51 #

No daba crédito a lo que veía, la presencia espeluznante de aquel ser petrificó sus piernas, sus brazos, su boca. No tuvo tiempo de gritar o pedir ayuda, lo único que pudo hacer fue mover los ojos de lado a lado y sentir su cuero caer en los brazos gélidos que le impidieron moverse.118

Dominga se encontraba intranquila, no podía creer lo que sus ojos estaban viendo, era esa cara macabra, era inevitable sentir miedo y terror. Se encontraba realmente sorprendida porque ese personaje que estaba ahí no era más que su propia sombra. Pobre Dominga, estaba tan desconcertada que se quedó paralizada.119

No podía salir de su sorpresa al identificar que la presencia era ella misma. Su mirada atónita no se comparaba con la mirada vacía que le devolvía este ser, era ella misma, un fiel reflejo de su fisonomía, una gemela perdida pero sin alma. Aún sin salir de su ensimismamiento, Dominga trató de acercarse a este ser autómata, solo para notar que también se acercaba. Intentó alejarse, y sus acciones se replicaban. Acercó su mano para entrar en contacto y no pudo evitar sentir que ese momento establecería un punto de giro en su vida.120

Un déjà vu dejó congelada a Dominga y sus manos comenzaron a sudar, mientras un leve temblor recorrió su cuerpo. La que debió ser una fiesta alegre pronto se tornó tenebrosa, pues ella más que nadie sabía que su pasado no la absolvía. Pérez lo notó, pero no quería desandar lo caminado. —Esta es nuestra noche —le dijo.121

118. Luisa narvaez 119. Estherida 120. Laura E. 121. Diego Alfonso 52 #

Era casi la hora del ocaso y empezó a recordar cómo había llegado hasta allí, como una botella que se lanza al mar y miles de días después unos turistas la encuentran al otro lado del mundo, así se sentía Dominga. Jamás pensó que en su país existieran lugares que sólo había visto en revistas y en la televisión, esto la hizo sentir en un principio frustrada porque sus amigos estarían felices de acompañarla. Y con un sentimiento totalmente contrario a esa frustración, se sentía libre, comenzaba a sentir la conexión con las personas y aún más con Pérez, que en este gran trayecto había sido la roca sobre la que se edifica una casa; sabía que sin él hace mucho habría abandonado esta locura.122

Un grupo de malabaristas jugaba con pajaritos de fuego y en un giro inesperado de las cadenas casi le queman la cara a Dominga, porque a pesar de que el malabarista proyectaba el fuego hacia arriba ella era muy alta, por lo que le chamuscó las cejas. En eso Pérez, que bailaba como poseído entre el tumulto, explotó de la risa, al ver la cara pálida de susto que tenía Dominga con sus cejas tiznadas por el fuego. Pero Dominga se contagió con la risa de Pérez y se convenció de bailar con la muchedumbre, olvidándose del personaje misterioso de hace un momento, pues ahora su atención estaba puesta en algo alucinante que había llegado como una chispa a sus recuerdos.123

Su piel se puso de gallina cuando en su mente los malabares se cambiaron por las cabinas de una noria. Recordó cuando tenía cinco años y su padre la llevó por primera vez a la feria de su ciudad. Dominga sentía que podía escuchar las risas de un niño que recibía un juguete del programa de televisión de moda de manos de su papá, era una tarde parecida a la de ese día, y aunque su padre estuviese a miles de kilómetros suspiró y repitió para sí misma lo que le había dicho su padre: —A dormir, Dominga; mañana no es domingo, mañana debes estudiar. Te amo, hija. Continuó bailando y, aunque eran ritmos poco conocidos para ella, se sentía feliz haciéndolo. Pérez la imitaba.124

122. Johan Sebastian Galvis Zapata 123. Dru Domínguez 124. Johan Sebastian Galvis Zapata 53 #

Carmín, el viejo periodista de marras que disfrutaba con la caída de los funámbulos, la miraba complacido mientras acariciaba su cámara, seguro de haber atrapado primeros planos de sus cejas chamuscadas. Dominga recordó cómo lo había hecho en otras ocasiones: la vez que un viento le arrancó las alas de utilería y ella quedó desnuda, y cuando al malabarista estrella de la ciudad, Joselito Malabar, le cayeron los pinos en la cabeza y lo dejaron turuleto. ¿De dónde le venía, al vetusto periodista Carmín, esa rabia hacia los saltimbanquis? Dominga lo ignoraba, como todos. También lo lamentaba, porque tendría que enfrentar a su madre cuando se publicaran las fotos.125

Carmín dedicó toda su vida a hacerles la vida imposible a todos los artistas callejeros con que se topaba, pues cuando los veía recordaba que no tuvo habilidad alguna en estos artes y era el hazmerreír de todos sus amigos del barrio popular donde creció. Nunca aprendió a andar con las manos, a dar medias vueltas en el aire, a dominar el par de bolas de los malabares y se dio bien duro contra el piso cuando quiso ser zanquero.126

125. Cristian Valencia 126. Diego Alfonso 54 #
# David Hernandez Dakalister 55 #

También lo lamentaba porque el recuerdo parecía hondo, un hueco poco profundo y hondo. Para Carmín el recuerdo era como ver una imagen fotográfica partida en muchos pedazos. Así veía a los saltimbanquis, vueltos imagen, vueltos recuerdo. No odiaba sus saltos estrambóticos de sábado, ni mucho menos los recuerdos que florecían y trepaban en su lengua al verlos; lamentaba la nostalgia que tenía al sentir que recordaba. Lamentaba saber que aunque quisiera olvidar, sus manos se oprimían y negaba tal acto. ¿Cómo olvidar si la imagen de luz te imprime recuerdos? ¿Volver la luz un trozo, muchos trozos?127

Dominga creía ya escuchar las palabras de su madre, que era como una muralla implacable que no podían atravesar excusas ni razones, sabía bien que intentar que esa mujer la escuchara era como pedir peras al olmo. Y aún con la incertidumbre de lo que pasaría, Dominga sabía que era lo menos que le esperaba: había decidido cambiar, y cambiar en muchos sentidos. Siendo tan grande, cosa que no le agradecía a la naturaleza, no podía seguir siendo tan insignificante. Carmín parecía estar seguro de poderla comprimir en sus fotografías, además de saber de sobra que aquellas fotos, pronto reveladas, probablemente no serían motivo de orgullo para Dominga y aún menos para su familia.128

Aunque tratara de ignorar a Carmín, en un momento se le hizo insoportable, tanto que tuvo que gritarle para que se calmara. Pero sólo se calmó un rato, después de unos minutos la madre de Dominga llamó reclamando por las fotos de los desnudos. Dominga, asustada, le respondió que sólo fue una equivocación y que tenía que despedirse por que tenía que ayudar a los funámbulos que estaban heridos.129

Sabía que la excusa no le serviría mucho, que su mamá seguiría insistiendo por una buena explicación, pero Dominga no tenía ganas de dar explicaciones y tampoco quería saber nada de Carmín, solamente quería un momento de paz y salir corriendo no era una mala opción.130

127. Dalia Jimena (LE BULBO) 128. Diana Velásquez Díaz 129. Laura mejia 130. Jennifer Rubio Leal 56 #

Dominga huyó del lugar. Apresuró el paso para encontrar a sus compañeros que yacían en el piso; la escena era desgarradora: brazos y piernas rotas, Anita, la niña trapecista, estaba con la cara lavada en sangre, una de las venitas de su frente estaba abierta y no paraba de llorar. Balkán, el humano volador, no era capaz de levantarse, pues su tibia derecha estaba rota en más de tres partes sin que él lo supiera. Dominga quedó paralizada al encontrarse con la catástrofe.131

Cerró con fuerza los ojos con la esperanza de encontrarse en otro lugar y en otro tiempo, cuando de nuevo dejara pasar la luz a través de su ser, como si quisiera darles al tiempo y al espacio una oportunidad para cambiar su devenir y borrar de su rostro el reflejo de tan desastrosa imagen. Contó hasta tres y mientras lo hacía recordó aquel día en que conoció a Pérez, hombrecito valiente con el cual había emprendido una aventura por un mundo desconocido, para buscar la pócima que todo lo cura —locura—. ¿Qué había hecho ella para ser meritoria protagonista de este relato? Y ¿qué “males” esperaban ella y Pérez curar? Estos cuestionamientos angustiosos surgían intempestivamente en Dominga.132

Pérez dirigió su atención a una mujer de vestiduras rasgadas, de andar decaído y de anticuado peinado, que se encontraba no muy lejos de ellos. Dominga, por su parte, se sintió temerosa ante la mirada de extravío de aquella mujer, que hizo un gesto con la mano, indicando a Pérez y a Dominga que se acercaran. Temerosos, asombrados, pero sobre todo expectantes, se acercaron, esperando tanto lo peor como un giro inesperado de la vida.133

131. Rafael Diaz 132. Yady A. Rivera C. 133. David Rodriguez 57 #

Se acercaron a aquella extraña mujer un poco temerosa pero decidida a entablar un diálogo. Al fin Pérez la saludó y la mujer respondió su saludo. Dominga, un poco más serena, también la saludó. Luego de esto se sentaron en una de las amplias bancas que había en aquel parque. Fue así como distinguieron a María de los Ángeles Montes, una sabia mujer dedicada a revivir la historia oral de aquel poblado. Ella los invitó a que escucharan las más sorprendentes historias de los personajes ilustres de aquel lugar. Ni Pérez ni Dominga podían imaginar siquiera cuán productivo llegaría a ser aquel maravilloso encuentro.134

Fue un encuentro poderoso, María de los Ángeles Montes era muy sabia y no sólo les habló de la historia del poblado y de personas ilustres, les habló de la vida, de la muerte y de algunas otras cosas en desuso. Les habló con extrema sabiduría a Pérez y a Dominga de ellos mismos, y profundizó en aspectos que desconocían de su propio espíritu. En aquella banca del parque entendieron sus propias verdades y mentiras, hasta pudieron ver sus propios y más diáfanos horizontes.135

Caminaron hasta el cementerio. Las visitantes se asombraron con el colorido de las tumbas. Lo usual en estos poblados era encontrar lápidas blancas, laqueadas, con algunos nombres y fechas, además de alguna frase sagrada, escritos con pintura negra. María de los Ángeles fue mostrando y contando las historias de todos los difuntos enterrados en este diminuto camposanto. —He pintado las vidas de cada uno. Es la única forma de recordar quiénes fueron en vida. Desde que la gente del pueblo se fue, sólo el abuelo y yo tenemos la memoria. ¿Qué pasará cuando nosotros también nos marchemos y sólo queden los fantasmas de los que aquí habitaron? Las pinturas se encargarán de mantenerlos vivos.136

134. Pedro Beltrán Beltrán 135. René Segura 136. Irene Vasco 58 #

Después de llevar a los visitantes al cementerio, se dirigieron a la plaza que, al contrario del lugar que acababan de visitar, era totalmente lívida y fría, sólo se veían casas abandonadas y negocios cerrados, se escuchaban murmullos que no venían de atrás ni de adelante, eran cantos, eran gritos mudos incomprensibles… Entonces de repente, como solía pasar todos los viernes a las seis de la tarde, en el corazón del pueblo una ráfaga de viento los sacudió y trajo consigo unas cuantas hojas de papel que a veces eran páginas de libros, cartas de amor, pedazos de periódico o apuntes de libretas que por cierto nunca supieron de dónde venían.137

El crujido de las hojas rompía el silencio y la solemnidad del lugar. Decidieron marcharse para continuar el periplo, no sin antes ser invadidos por una extraña nostalgia mientras abandonaban el cementerio. Caminaban con parsimonia como si fuesen asistentes al sepelio de un familiar. No tenían idea de cuáles serían sus próximos movimientos. María de los Ángeles temió por un instante por la vida de su abuelo, siempre la acosaba esa fugaz visión cuando visitaba el panteón, y después (como en está ocasión), era acariciada por hermosos recuerdos de su infancia, su rolliza y robusta memoria la transportaba a aquella inmensa ceiba inmortal, en el corazón del patio de su antigua morada.138

A este pueblo le habían ya quitado todo. Dominga y Pérez lo sabían desde que tomaron el ramal que los llevó al cementerio. Pero, ¿qué otra cosa hacer cuando se le pregunta a la naturaleza? María de los Ángeles les dijo lo que sabía de la pócima. — ¡La pócima aquella! —Dijo con voz aguda y algo de hastío—. Seguirán viniendo aquí a preguntar, y para entonces les responderán las tumbas. ¿Por qué no elaboran una ustedes, con todas las plantas que dan estas tierras? Creo que nadie les aclaró que la pócima es una leyenda más de la región, hará cincuenta años que la vienen contando, tal vez más. Tal vez ustedes pueden comenzar otra, y de paso no dejar morir el pueblo.139

137. Laura Gallego 138. Erick Tejada Carbajal 139. Andrés Celis 59 #
# Carolina Prieto 60 #

—Al decir de los ancestros: en estos campos las semillas brotan fabulas —concluyo María de los Ángeles. Dominga y Pérez sintieron una sensación de vértigo propagándose de pies a cabeza. ¿Crear una nueva pócima? ¿Será posible? Bueno, si la naturaleza condena también ha de liberar, convinieron. No sabían si lograrían combinar las plantas para intentar una réplica de la pócima. María de los Ángeles les indicó el sitio donde había una mayor cantidad de platas. Se dirigieron al lugar y con cierto asombro y desconcierto vieron la gran variedad de plantas que el viento hacia mover de un lado a otro como queriéndoles prevenir de su atrevimiento.140

El viento helado recorría sus cuerpos y les susurraba una tétrica canción al oído. Se miraron fijamente por unos segundos, se tomaron de la mano y se adentraron en aquel campo atractivo por la belleza y variedad de plantas, pero, a la vez, envuelto por un manto mortal de incertidumbre. Tomaron algunas plantas, sus corazones latían con fuerza, el viento dejó de soplar y una densa niebla cubrió el lugar. Una fina llovizna caía haciendo resbaloso e inestable el suelo. De pronto, Pérez sintió un vacío bajo sus pies, y cayó irremediablemente en un vacío que no parecía tener fin. Dominga, por su parte, le gritaba con todas sus fuerzas, pero no obtuvo respuesta.141

Cuando despertó, Pérez sintió que la pierna le dolía intensamente, y miró a su alrededor tratando de reconocer alguna forma. Se concentró en cualquier sonido y olor que le ayudara a entender dónde había ido a parar, con las manos recorrió el piso. No había duda, posiblemente era alguna cueva o trampa para animales. La humedad y el olor a vegetación en descomposición comenzaron a molestarle la nariz, el dolor se hacía cada vez más intenso y el pánico se apoderó de su mente. —Auxilio, ayúdenme —gritó con desespero. Sólo el silencio contestó.142

140. Danilso Díaz 141. Daniel Leonardo Martelo 142. Martha Yaneth Méndez Roa 61 #

Decidió entonces buscar entre las tinieblas ayuda. Una imagen tenebrosa se desdibujó en la maleza y con gran sutileza envolvió a Dominga; unas manos frías y ensombrecedoras, que la hicieron estremecer, la transportaron hasta un infinito mundo oscuro donde sólo se podía sentir un aroma fuerte y desconcertante. Quizás la esperanza de volverlo a ver era lo que la haría resistir.143

No sabía qué estaba pasando. Hace unos segundos estaba con Pérez a su lado, pero de repente todo había perdido sentido y no sabía qué estaba pasando. El penetrante hedor del lugar donde se encontraba le hacía sentir náuseas. No sabía quién o qué la guiaba. Caminaba por una senda anegada llena de piedras resbaladizas, el barro alcanzaba sus tobillos. No podía ver nada delante de ella, y no se atrevía a volver la mirada atrás para contemplar el sórdido escenario que la rodeaba. Sólo caminaba. Pérez se detuvo de golpe sobre un enorme fango que le cubrió hasta la cintura. Se había golpeado un brazo en la caída, pero no era eso lo que más le interesaba: ahora estaba solo, en un lugar oscuro.144

El golpe los dejó al aire de la adversidad. Para Pérez, todo empezaba a teñirse de un caoba con tintes de miedo, buscaba sobre su atmósfera la posibilidad de no encontrarse solo y empezó a caminar, deseaba a gritos un cigarrillo para apretar entre los labios la vida que se le deshacía, pero lo único que hallaba era las sombras, como esquinas populares; su paisaje se resumía en dos montañas y un riachuelo. Para ella, el barro crecía cada vez más, y debió optar por subir montaña arriba, escalar, pensó, tanto caminar la había aburrido. Arriba divisó el panorama y encontró un azul sórdido y sobre su cuerpo un verde poblado de ceibas. Gritaba, acongojada: — ¡Por qué nos abandonaste!145

143. Sandra Patricia Dueñas Lopez 144. Carlos Arturo Barco Alzate 145. Driver Ferney Ramírez Henao 62 #

Pérez trataba de salir de ese fango movedizo, pero pronto se dio cuenta de que cada vez se hundía más, y ahora el fango le llegaba hasta el pecho. Desesperado empezó a llamar a Dominga, pero misteriosa y extrañamente su voz no se replicaba, no hacía eco. Dominga se detuvo mecánicamente, aturdida, tenía que saber dónde estaba Pérez, ¿qué había pasado con él? En forma de flashes empezaron a llegar los miedos y las preguntas, una tras otra. Se derrumbó, estaba agobiada, se cubrió la cara con las dos manos, sus ojos se cerraron y las lágrimas empezaron a brotar.146

Así que este espacio gobernado por el color negro azulado les permitió a los dos anidar en su corazón la desesperación y la esperanza a la vez. Pues el hecho de encontrarse como individuos les permitió repensar el papel que cumplían en el mundo como humanos, y entre más trataban —por separado— de dar un paso, el llamado de la tierra lodosa los llevaba al recuerdo de su cariño, de su apoyo, de entrelazar las manos con el viento cariñoso en una melodía del campo. Pasaron varios segundos y unos cuantos minutos de pensamientos, hasta que, en el acto, como lo hacen los niños, se llevaron una pizca de tierra a la boca.147

En medio de su soledad, Peréz creyó escuchar una voz que le decía: no eres real. Con el brazo golpeado y el fango hasta la cintura, ignoró la voz porque sabía que no era más que su cerebro jugándole una mala pasada en un momento inoportuno. Sin embargo, luego de luchar con todas sus fuerzas y salir del fango volvió a escuchar la trémula voz articulando la misma frase: fonema tras fonema caían en la nada de la soledad y Pérez, sin coartada alguna, cayó en la trampa y comenzó a cavilar sobre su existencia. Todo lo que había vivido hasta el momento pasó a un segundo plano y miles de preguntas más surgieron.148

146. Daniela Prado Serna 147. César Eliécer Villota Eraso 148. Stephania Ballén Vargas 63 #

El inquietante olor a caramelo extrañaba a Pérez, que se imaginaba a Dominga desesperada buscándolo; las manecillas de un reloj giraban haciendo carrera y, como campanazos, exasperaban a Pérez, la oscuridad disimulada por sonidos de guitarra y olor a caramelo llamaban su atención, ya no estaba solo y deseaba con pasión buscar el caramelo y a quien tocaba las melodías de la guitarra. Corrió sin dirección buscando esos dos objetos que ahora eran su pasión más deseada, no había ningún camino, ningún rumbo, no sabía siquiera si caminaba en círculos, en diagonal, recto o saltaba, había perdido la sensibilidad de todo su cuerpo, haciendo excepción de su nariz y sus oídos.149

Miró su brazo y la sangre corría, el dolor era evidente, pero el verdadero dolor era la soledad, el miedo que sentía, la oscuridad, la cobardía a seguir. Estuvo un par de minutos inmóvil, sólo sentía la sangre caliente correr por su brazo y caer al fango. Aunque su cuerpo estaba inmóvil su mente volaba, se preguntaba una y otra vez el porqué de su soledad, el porqué de estar en ese lugar, el porqué del miedo, de ese miedo que arrollaba su interior, que no lo dejaba seguir. Empezó a escuchar el viento, la voz de los árboles, escuchaba el grito de la naturaleza, la respiración de las flores, la risa del suelo, sintió el amor, el amor de la tierra, llegó a concluir que no era tan malo estar allá.150

No podía ver nada, apenas si podía percibir el lugar. Cada paso le tomaba al menos diez preguntas. No sabía con qué dirección iban sus movimientos, tal vez podía hundirse más. No podía darse el lujo de improvisar, ni jugar con esto. Toda su ropa estaba cubierta de lodo. Lodo y fango. Fango maloliente. Toda la exquisitez con la que logró conquistar a Dominga, además —claro— de ese sentimiento evidente de rechazo que los unió, había desaparecido. Es más, ella ya no estaba ahí. Aunque su recuerdo sí. Ni el dolor que sentía en el brazo impedía que Pérez dejara de suspirar por su amada. Dominga, mientras tanto, se preguntaba por la suerte y el paradero de Pérez.151

149. Sergio Santiago Uribe Muñoz 150. Paula Andrea Romero Melo 151. Laura Tatiana Díaz Martínez 64 #
# Diego Gómez 65 #

El silencio y la oscuridad la aturdían, sentía sus fuerzas menguadas, de repente sintió que alguien que jadeaba se aproximaba. No percibió con claridad de quién se trataba, inútilmente parpadeó y se limpió los ojos con las manos, mientras una sombra diminuta se alejó lentamente de su lado. Desesperada, preguntó: — ¿Quién anda ahí? —pero no recibió respuesta alguna. Decidida, con paso firme prosiguió su camino mientras se preguntaba qué habría pasado con su compañero de infortunio. Entretanto Pérez había hallado un lugar con una tenue luz, estaba sudoroso y se detuvo para secar su frente, introdujo una de sus manos en el bolsillo del gabán y con sorpresa recordó que horas antes había guardado una linterna.152

Se encontraban solos, perdidos, lo único que los unía era el barro y la sensación de temor que aumentaba a medida que aumentaban sus pasos. Era imposible saber si era de noche, pues todo permanecía en penumbra. Fue justo ahí cuando Pérez, en medio de su interminable caminar, empezó a ver una luz que brillaba cada vez con más intensidad, la luz le hizo olvidar el dolor de la caída y el fango que lo cubría. Aceleró el paso, queriendo encontrar lo que pensaba sería la salida.153

Giró con lentitud. Sus ojos buscaron algún indicio de luz, mas sólo pudo apreciar con ellos una oscuridad concluyente. Entonces gritó, llamando a Dominga. No supo de qué lado le llegó la voz de su compañera; estaba desorientado. Dominga volvió a llamarlo, por su apellido, Pérez, y él respondió: —Estoy aquí. ¿Dónde estás? — ¿Cómo saberlo? —contestó ella, mientras también luchaba contra la oscuridad, la húmeda senda y sus temores.154

152. Alba Virginia Parra 153. Laura Ximena Chaparro Rodriguez 154. Domingo José Bolívar Peralta 66 #

Cuánto deseaba Pérez tener unas piernas y unos brazos largos como los que tenía Dominga para poder aferrarse a la raíz del árbol que estaba tan sólo a unos centímetros de él. Sólo una pequeña ayuda, sólo eso lo salvaría de que el fango lo hundiera por completo. Empezó a llorar, porque era humano, empezó a llorar y sin más la tierra que antes lo hundía lo empezó a vomitar. Dominga continuaba caminando llena de miedos, ¿en qué momento se habían separado del mismo camino?, por más que trataba de recordar no lo lograba. Empezó a gritar, gritaba con una voz aguda, esa que siempre había odiado porque, de ser por ella, habría escogido nacer con una voz ronca.155

Ella gritó: — ¡Váyanse de aquí! Pérez, ¿Dónde estás? Dame de nuevo una señal, que ya pronto volveremos a la luz. —Estoy aquí, tu voz se escucha diferente. ¿Qué has hecho, Dominga? —Trato de espantar mis temores, a lo lejos veo un punto blanco. ¿Lo ves, Pérez? Saltando y esquivando unas voces que salían de las piedras, Dominga tropezó y un estruendo sonó; Peréz un grito dio. —Dominga, Dominga, ¿Qué pasó, qué pasa?156

Sin encontrar un lugar indicado para dar el siguiente paso, él gritó, ¡no te muevas!, de forma que dejó a Dominga inerte. Respiró profundo y bajó la cabeza hasta sentir su pecho con el mentón. Siendo un ejercicio inútil en la total oscuridad, Pérez cerró los ojos y susurró para sí: — ¿Cómo te encontraré? Dominga aflojó su cuerpo, unos segundos después del aullido de Pérez, y no podía evitar la imagen de una mariposa negra que había visto en su infancia. Su corazón latía tan fuerte que, en el momento en el que iba a correr con todas sus fuerzas, sólo la detuvo Pérez al decir: —Háblame tanto como puedas, Dominga —mientras caminaba con sus cortísimos brazos estirados frente a sí.157

155. Clarybell Moncada Hurtado 156. Laura Romero 157. Boris L. Barbosa T. 67 #

Pérez dijo nuevamente: —Aquí estoy, Dominga, sólo sigue mi voz. De pronto, en medio de esa bruma oscura y espesa que los envolvía, Dominga no sólo siguió la voz de Pérez, sino que sintió, además, el fervor de la voz que la llamaba, se vio arropa da por una calidez esplendorosa, como si fuera un sexto sentido, el sentido de sentirse humano, de sentirse igual al otro, y dejó a un lado los temores que la invadían. Lentamente entre esas sombras tenebrosas, sin saberlo, ambos caminaban en dirección al otro.158

—¿Cómo saber si en verdad estamos aquí, si en medio de esta neblina no somos víctimas de un sueño, o si en verdad… —un golpe secó sonó, y fue claro que Dominga había golpeado con su cabeza una rama de árbol, bajo la cual Pérez había pasado sin percibirlo. —Ahí estás —dijo Pérez—. ¿Qué decías? —No sé… ayúdame, ahora me duele la cabeza… —pareció suspirar, a un mismo tiempo por el dolor y por sus cavilaciones—. Y me duele mucho más que eso, mucho más que lo que mis palabras son capaces de decir ahora.159

Y añadió: —Pensaba que esto era un sueño, ahora mi dolor me dice que no es cierto y para colmo de los males esta rama me recuerda el motivo de este viaje. Pérez la miró y con una sola carcajada le dijo: —Y cómo puedo ayudarte si tú bien lo has dicho: esa rama te recuerda el motivo de este viaje y del mío también. ¿O es que acaso crees que me hubiese gustado a mí con dolor y todo ser quien se golpeó en la cabeza?160

158. Camilo Espinosa Torres 159. Camilo Vargas Betancourt 160. John Paramo 68 #

—Dame la mano, Dominga —susurró dulcemente Pérez. En ese instante ambos experimentaron la extraña sensación de un brinco en el corazón, y ninguno entendió por qué. —Tranquilo, Pérez, que sólo me golpeé la cabeza, eso no es raro en mí, bienaventurado usted que en estos momentos no sufre. — ¿Cómo así? Dominga, yo sólo le iba hacer presión con mi dedo índice y pulgar entre sus dedos índice y pulgar, para que se le quitara el dolor de cabeza. Eso es bendito, los chacras, que llaman. —Ay, Pérez, en fin… tranquilo que con esas ideas suyas, ya se me olvidó el dolor; además me demostró que todo esto no es un sueño.161

¿O si en verdad —continuó Dominga, sabiendo que Pérez no se preocuparía demasiado— son nuestras propias inconformidades las que levantan un mundo a nuestro alrededor, las que hacen que nuestras vidas tengan sentido? Dominga seguía sumergida en sus pensamientos, su mirada se alejaba cada vez más de Pérez. Él, sin dejar de escucharla, maquinaba la manera de llegar a la pócima. —Todo lo cura, ¿no? —dijo Pérez con un tono de reflexión profunda, casi maquiavélico. —Ah, ¿qué?—se despabiló Dominga—. ¿Qué estás planeando? Esa mirada siempre trae un plan consigo; dime, ¿qué pretendes? Dominga sabía que tendría que esperar unos momentos para conseguir una respuesta de Pérez, así que se fue por hielo.162

Ella sabía que la hora no era la propicia para encontrar el hielo en la tienda, pero la algarabía en la plaza de mercado la invitaba a mirar lo que sucedía, había pólvora y los caballos amarrados a los árboles que daban sombra al lugar relinchaban mientras los niños corrían a recoger los palos que caían del cielo cada vez que estallaba un volador. De pronto los vieron llegar, los había negros, blancos y marrones, escaparon cuando el camión se volcó, una muchachada corría con arrogancia, cerraban el paso hondeando sus camisas rasgadas y sucias, ya habían enlazado a un puñado, había afán de llevarlos al corral antes de que se viviera de nuevo la tragedia.163

161. Angela María Alzate Sánchez 162. Shary Castellanos 163. Florángela Herrera Reyes 69 #

Había transcurrido más de una hora. La tarde comenzaba a caer y el señor Pérez regresaba nuevamente, pero no traía consigo el hielo por el que había salido. Sólo llevaba en su cabeza las mil y una ideas sobre cómo resolver la encrucijada para hallar la pócima. Luego, al encontrarse cara a cara con Dominga, ella le preguntó: —Y el hielo, ¿qué ha pasado? Pérez se detuvo para contemplarla, respiró y en sus labios se dibujó una sonrisa. Fue allí y en ese momento que Dominga comprendió que su compañero de aventuras había hallado, “tal vez”, el camino para llegar hasta tan anhelada y misteriosa pócima, que finalmente solucionaría todos sus problemas. O eso era lo que ellos creían.164

Lo miró fijamente, sus ojos le parecieron más grandes, más soñadores; las cejas pobladas daban la impresión de que salían juguetonas de un par de montañas suaves como las de su pueblo; se sumergió en ese pensamiento, hasta casi olvidar el hielo e, incluso, la pócima. Volvió en sí ruborizada, volvió a mirarlo, pero el rostro ya estaba sombrío, las mejillas caían como vencidas por el cansancio y los ojos se habían apagado. Supo que la pócima aún no estaba lista, había sido una ilusión de la ansiedad y el deseo, y para completar tampoco tenían hielo.165

Esa mañana Dominga había abierto los ojos llenos de lágrimas, el corazón le latía más rápido que de costumbre, despertó con el recuerdo de un sueño en el que por primera vez lloraba de alegría; había soñado un mundo perfecto en el que podía ser y hacer todo cuanto había deseado, tenía en sus manos la pócima que salvaría su vida y con ella la sensación de que siempre la había tenido ahí. Sin embargo, regresar a la realidad la hizo la mujer más infeliz del mundo, pero, tras esa hora de espera, ver a Pérez, ver su sonrisa y adentrarse en su mirada tan tranquila le estaba devolviendo la esperanza de no verse sola en un camino tan incierto, la esperanza de vivir su sueño.166

164. Adriana Calderón 165. Claudia Fernanda Vásquez 166. Eliana María Mesa Cuervo 70 #
# Kike Pulido 71 #

—Dominga, mientras iba se apoderó de mí un sueño profundo, el cual me dejó sin fuerzas y postrado en el suelo —dijo Pérez al fin. Ella, mirándolo fijo con incertidumbre e intriga, le preguntó sobre el misterio de su sueño. Pérez suspiró profundo y se dispuso a narrarlo, sus palabras e ideas se articulaban despacio. Comenzó diciendo que estaba en un lugar ideal, como un mundo utópico donde estaban los dos, sin miedo a morir. Se escuchaban canciones que emanaban un destello de esperanza, caminaban cogidos de la mano sin temor al olvido, tenían la certeza de que allí se encontraba su anhelada pócima. —Pero, de un momento a otro, el cielo se tornó sangre, y de una forma efímera te alejaste de mí —concluyó.167

La mirada suplicante de Dominga pedía a gritos la explicación del próximo paso a dar. Pérez siguió narrando su travesía en busca del hielo, tarea nada fácil, más aún en aquella zona en la que el calor se apodera de cada rincón de los hogares, de las calles y de los cuerpos. Después de una caminata exhaustiva, por fin, a lo lejos vio una tienda llamada El paraíso y fue en ese momento en que comprendió que sólo en los paraísos se encuentran criaturas asombrosas, paisajes de bellezas extraordinarias y muy seguramente pócimas o artefactos mágicos. Al ver la decepción de Dominga, Pérez agregó: —El destino nos mostrará el camino, así como un día unió el tuyo con el mío.168

Dominga sonrió y, con una mirada cómplice, siguió escuchando la historia de su compañero. Había llegado Pérez hasta la tienda pero, antes de entrar, vio en un poste un pequeño cartel. Lleno de curiosidad por su estilo pintoresco, se acercó y leyó: “La razón del destino es la medida de lo necesario”. Interpretar aquella frase lo hizo cuestionarse por su destino. ¿Era necesaria la pócima? Para él sí, ¿y para el destino? Decidió no comprar el hielo, no lo necesitaba, la razón de llegar a la tienda había sido la frase y no el hielo. Dominga no supo qué decir, estaba tan reflexiva como su compañero, invadida de preguntas, y no hallaba una respuesta para ambos.169

167. Paulina Baquero 168. Sofía Cifuentes Castro 169. Nataly López 72 #

Al día siguiente, decidieron emprender el viaje en busca de aquella pócima que tanto los intrigaba. Tenían muchas inquietudes, pero trataron de concentrarse en buscar información para hallarla. En el intento pensaron rendirse, pero fue más la intriga de encontrar aquella pócima, así que decidieron hacer todo lo posible por hallarla, de encontrar por lo menos un mapa, pero no pudieron encontrar nada. Aquella noche fue de mucha tristeza, pues creían que ya no podrían encontrar nada. Pero llegó un hombre joven que, al mirar sus rostros, sintió que estaban tristes, así que se acercó y les preguntó: — ¿Qué sucede?, ¿por qué están así? Y ellos, con los labios medio pegados, respondieron: —Dicen que hay una pócima que lo cura todo, y que una mujer sabia la creó, pero no se sabe dónde está. El joven, con cara de confianza, decidió darles unos datos de una mujer que vivía más allá de las montañas, y que se creía que era muy sabia. —Tal vez sea ella la mujer que buscan. Si llega a ser así, creo que encontrarán la fórmula de la pócima. Me gustaría seguir ayudándolos, pero tengo que seguir mi camino170

Con tan sólo dos mochilas cargadas más de ilusiones que de comida, Dominga y Pérez decidieron emprender rumbo hacia las montañas. Al caer la noche, creyeron prudente parar a dormir, ya que el camino se iba haciendo cada vez más oscuro y poco a poco se iban adentrando en un bosque de niebla frío y solitario que no se veía para nada seguro. Al parar en aquel lugar, Dominga se tornó algo inquieta, pues vio un Roble gigante bastante particular, que tenía tallado en el tronco un mapa que los conduciría a un lugar sagrado no muy lejos de allí y donde posiblemente podrían encontrar a aquella mujer sabia, quien les revelaría el secreto de esa pócima mágica que tanto habían buscado.171

170. Sharon Duarte 171. Lorena Posada 73 #

Las indicaciones de aquel mapa eran claras: siga derecho por la fila de palmas de cera, voltee por el morado guayacán, cuente cinco pasos sobre musgo verde, dé la vuelta por donde se encuentran los sembrados de café, camine derechito por el cacao hasta chocar con un frailejón y verá un jardín de orquídeas en toda la entrada. Dominga y Pérez acamparon justo a la sombra de un grupo de eucaliptos. —Mañana empezaremos la ruta mientras asaltamos para el camino el árbol de mandarinas y guardamos uno que otro coco —dijeron.172

Dominga y Pérez se miraron: tendrían que intentarlo. Habían iniciado este viaje con determinación y no renunciarían ahora. Su deseo era superior a cualquier obstáculo y tomaron el hallazgo como un aliciente para seguir, dormir no parecía una opción ahora. Dominga caminaba con una energía renovada, como si saberse cerca de la pócima le inyectara más vitalidad. Pérez le seguía el ritmo con dificultad, pero verla tan decidida lo impulsaba y debía correr para alcanzarla. Ambos pensaban en lo que le dirían a aquella mujer cuando la hallaran, si es que lo hacían. Le darían lo que les pidiera, rogarían de ser necesario, pero no se irían con las manos vacías.173

A pesar de que estaba tarde seguían su camino. Por sus mentes pasaron algunos pensamientos egoístas. Pérez dijo: — ¿Y si sólo alcanza para mí? Dominga le lanzó una mirada fulminante al ver que ignoraba su deseo por la poción y respondió furiosa: — ¿Y por qué estás tan seguro de que sería para ti? ¡Claramente mi condición aquí es la más importante! Y dijo Pérez, tratando de arreglar el asunto: — ¡Pero, calma! No te conviertas en una egocéntrica, fue sólo una manera de decir, si es de esa forma, obligaremos a la bruja a darnos más y así lo solucionaremos. ¿Sabes?, ¡podríamos pedirle la receta y venderla por todo el mundo! —Es buena idea, pero vamos paso a paso.174

172. Carmencita 173. Luz Arroyo 174. Luisa Fernanda Valencia 74 #

—De esta manera podríamos ganar mucho. Pero, espera, ¿qué te pasa? Todo esto es muy lindo, pero si nos metemos en problemas los perjudicados somos nosotros. — ¿Por qué? Sí, eso, tú siempre tienes que ser así negativa y todo eso te va a tirar al barranco. —No seas iluso, no pasará nada, sólo hay que hacer lo que el destino predijo para nosotros, sólo hay que pasar bien y dejar que el destino nos guíe. —No me parece, pero te seguiré y como se den cuenta tú tienes la culpa de todo.175

Pérez asintió y se acabó la conversación. Todo lo que esperaba era poder encontrar pronto a la anciana y pedirle la pócima, sin embargo, ya llevaban mucho tiempo caminando y por más que intentaba no podía igualar los largos pasos de Dominga, que eran tan naturales y que de zancada en zancada parecía casi volar. De pronto Dominga se detuvo. — ¿Lo ves? — ¿Ver qué? —respondió Pérez. — ¡La luz! Allá, detrás de esos árboles —le dijo Dominga—. ¡Deberíamos acercarnos y ver qué es! — ¡Es cierto, no hay que esperar!176

Caminaron hacia la luz, fueron sigilosos pero las hojas secas los delataban a cada paso. De repente sintieron un fuerte vacío que ahogó sus gritos. Habían caído en un hoyo para cazar osos. Horas, minutos o tal vez días, nunca supieron cuánto tiempo pasó, lo cierto es que Dominga le preguntó a Pérez: — ¿Cómo estás? A lo cual él respondió: —Bien, no me duele nada, ¿y tú quién eres? Sí, Pérez había perdido la memoria.177

Tratando de recuperar la memoria, Pérez recordó que no era Pérez, era González, un científico loco que experimentaba consigo mismo. Durante un año estuvo encerrado en su laboratorio, tratando de obtener la droga que lo llevara a entender la mente del ser humano. Probó una y otra vez… y entendió que todos hacemos parte de una realidad paralela.178

175. Junior Nuñez 176. Karina Gutiérrez Velandia 177. Edwin Rangel Alvarez 178. Sandra Gutiérrez 75 #
# Alejandro Becerra Sr Vudu 76 #

González, Pérez (el ratón) o Pérez (el bajito) ya no sabía de dónde era vecino por el tramacazo que se dio al caer en el hoyo… entonces tuvo un sueño delirante en el que era un científico loco. Durante el sueño encontró la cura para la amnesia y súbitamente despertó, en ese momento regresó a la realidad pero no recordaba el sueño. Dominga lo subió en hombros, salió del hoyo y ayudó a Dominga a hacer lo propio. Pérez le dijo: — ¿Para dónde íbamos? Y ella: —Hacia una realidad paralela, creo, donde tú eres González y yo soy la señora González.179

Pérez no lograba entender las palabras de Dominga y pensaba que ella parecía ser la que se había dado el tramacazo, en vez de él. Sin embargo, después de un rato de permanecer callado y analizando se dio cuenta de que lo que ella decía de pronto no era tan traído de los cabellos, más bien era posible que se diera en este país donde las historias fantásticas y los mitos pululan en cada rincón. Pérez, el señor González, y Dominga, la señora González, continuaron su viaje buscando la realidad paralela para ver si allí encontraban a la mujer de la pócima milagrosa. Durante su recorrido encontraron una pequeña senda llena de hongos que daban visos de diferentes colores, como si el arcoíris estuviera metido en cada uno de ellos.180

Era tan bello ese paisaje que parecía un paraíso terrenal, majestuoso y lleno de paz. Siguieron su rumbo y, ya cansados de tan largo viaje, decidieron descansar, puesto que ya se acercaba la noche. Tendieron sus carpas, Pérez, el señor González, y Dominga, la señora González. Estaban un poco sorprendidos, puesto que no se imaginaban que ese viaje en busca de la pócima fuera a ser tan divertido. Observaron el cielo lleno de estrellas y escucharon los cantos melodiosos de grillos, búhos y luciérnagas que les trasmitían una gran satisfacción.181

179. Jorge Casas 180. Nydia Rodríguez 181. Natalia Torres 76 #

Al final de estas visiones, ahí estaba, por fin, la tan anhelada pócima o al menos el ingrediente secreto. ¿Cómo lo supieron? Porque el envase era un vidrio reflectivo y las figuras de Pérez y Dominga se veían como ellos siempre soñaron verse: él, alto y delgado; ella, de estatura mediana y figura proporcionada. Estaban atónitos. Dominga estiró su largo brazo, lentamente, para tomar el recipiente. Le quitó el corcho que lo tapaba y salió un olor fresco, como de flores y hierbas. Ambos sonrieron, la emoción que sintieron apenas se comparaba con la del momento en el que se conocieron. Dominga dio un largo sorbo primero y le pasó la botella a Pérez, que bebió todo el contenido que quedaba.182

Pronto se dieron cuenta de que no había sucedido ningún cambio en sus cuerpos, ni él era alto, ni ella más bajita, como querían, tenían la misma estatura de antes. Decepcionados porque la pócima no había funcionado como querían, se sentaron a pensar. ¿Por qué el mundo hizo que se encontraran si hay un obstáculo en su amor que los acompleja? Entonces Dominga se dio cuenta de que Pérez había crecido un poco.183

182. Carlos Nova 183. Sebastián Padilla Mendoza 77 #

Error monumental. Hasta ese momento no conocían el precio que habrían de pagar por lograr el anhelado propósito. Un sueño producido por la inconformidad con lo que se es más parece un capricho. Y el efecto de la pócima fue un tanto inesperado, especialmente para Pérez, que bebió la mayor parte de aquel elíxir de agradable aroma. Su mente comenzó a llevarlo a remotos tiempos, vivió de nuevo su primer día en aquel infierno, rodeado de muchos niños de edad similar a la suya que jugaban con él haciéndolo sentir un gracioso monigote que los hacía reír a carcajadas. Nunca lo había recordado de esa forma. También sus tristes recuerdos mostraron realmente la bondad que se escondía para su bienestar y184entendió que aquellas aves migratorias que volaban sobre su cabeza no eran otra cosa que esos sueños de infancia de los que sólo tenía conciencia en el momento en que su cuerpo desnudo despertaba sudoroso al lado del de Dominga. El olvido nuevamente llegaba cuando la veía dormida y besaba su frente y le acariciaba los senos. Siempre juntos, como en los años de infancia y antes de conocer al viejo de ojos claros que les habló por primera vez de la existencia de la pócima secreta que se convertiría en la gran obsesión de sus vidas.185

184. Carlos Arturo Romero Granada 185. Carlos Eduardo Lizcano Pimiento 78 #
# Juandapo 79 #

Allí estaba Dominga, hermosa, marcada por el paso del tiempo pero firme, esa mujer, quien lo había acompañado en tantos andares y tolerado todas sus aventuras, en la búsqueda obsesiva de la pócima secreta. La observaba y venía a su mente la imagen de la pasión que aún despertaba en su cuerpo ya cansado y magullado por el tiempo, nunca imaginó que el destino que hoy los mantenía unidos permitiera aún disfrutar de la compañía tan placentera que a veces se interrumpía con la llegada esporádica de la temida amnesia.186

Aun así, era increíble que ese común deseo de poder cambiar la altura de sus estructuras óseas aún perdurara. Tantos años viviendo de fantasías, de sueños que muchas veces se convirtieron en realidad, cuando en la intimidad su Dominga se arrodillaba para estar al nivel de sus 157 centímetros o él se subía a la silla de la cómoda con lo que aumentaba los veinte centímetros que le hacían falta para besar libremente la frente de su amada. Ahora, casi al anochecer de sus vidas, la esperanza de poder cambiar su descontento con la altura, a través de un brebaje, les hacía hervir las ganas de vida, como aquellos viejos volcanes que con lava y fuego le dicen al mundo que han estado ahí.187

Después de tomar la pócima, y de entrar en un profundo sueño delirante, los miles de ingredientes buscaban en sus mentes los más oscuros deseos, para Pérez ser más grande, para Dominga ser más bajita; mientras dormían sus cuerpos se estiraban y se encogían rápidamente. Al despertar, los pies de Pérez se salían de la cama y los brazos de Dominga no alcanzaban más allá de lo que ella recordaba — ¡No es posible! —Gritó Dominga—. Soy más pequeña que una mesita de noche...188

186. Irina Padilla Garcés 187. Jhonny López Arias 188. Carolina Acosta 80 #

Se levantaron asustados, sintiéndose alienados, cambiados, transformados. Naturalmente, eran otros cuerpos. Les costó dar los primeros pasos, estaban asombrados mientras observaban sus profundos deseos hechos realidad. Al pasar la primera impresión, notaron algo extraño: Dominga era demasiado pequeña y Pérez muy alto. —Puedo tocar el techo con sólo alzar el brazo —exclamó Pérez.189

Ella estaba asombrada de lo pequeña que ahora era, como todo se veía más grande, miraba su cuerpo detalladamente, ¡todo había cambiado! Entonces era verdad el rumor de la pócima, después de tanto tiempo y tantas travesías habían logrado cambiar esa situación que la atormentaba, ya no era la mujer alta que no cabía en ningún lado, ¡ahora podía escabullirse sin que se notara! Tantas cosas que podía hacer ahora que antes eran imposibles, seguro todo sería diferente... y también la situación cambiaría para Pérez, a quien le costaba creer lo lejos que estaban sus pies de su cabeza.190

Y dijo Dominga: —Es el suelo muy cercano para mí. ¿Pero qué es esto? No es esto lo que yo esperaba, pero es interesante, desde aquí el mundo es diferente. Ahora entiendo cuando me pedías que te alcanzara la salsa que estaba en el gabinete, mírame sentada en esta banca, con mis pies colgando. Y con una mirada llena de complicidad y expectativa rieron a carcajadas. Con los ojos llenos de lágrimas ante tan extraña situación, llegaron a la conclusión de que su amor no había cambiado. Siendo Pérez el más lanzado, le dijo a Dominga con mirada coqueta: —Te ves hermosa, pequeña, cual porcelana tierna y delicada, sólo siento ganas de amarte y recorrer el mundo contigo, preciosa.191

189. Mavis De La Ossa 190. Lizeth Zambrano 191. Ingrid Rosero 81 #

Pero Dominga no lograba entenderle, sentía que la voz de Pérez seguía de largo, estaba distraída detallando cada parte de su nuevo cuerpo y sintió crecer algo oscuro, algo que calaba en cada parte de su pequeño ser, algo que retumbaba más allá de un latido. Se llenó de miedo. Pérez se percató de inmediato; de repente ya no se sentía tan alto. El ambiente se tornó misterioso y una suave pero helada brisa los envolvió, aquel susurro de tragedia quedaría corto en comparación con los eventos que a continuación sucederían.192

192. Diego Jiménez 82 #
# Miguel Angel López 83 #

Dominga no sabía de manera certera qué sucedía, estaba intranquila, sudaba frío y de repente empezó a temblar. Pérez, quien notaba los cambios de Dominga, empezaba a inquietarse, e intentó llegar hasta lo alto de su cuerpo para sentir el calor de su frente. Escaló desde sus tobillos, subió poco a poco por sus piernas hasta llegar a la formación de su ombligo, siguió por uno de sus brazos hasta el hombro y finalmente llegó, con mucho trabajo, hasta su frente. Pérez, asustado, sintió un alto grado de calor en su frente y una serie de manchas púrpuras bajo sus ojos.193

Notó que Dominga cada momento se ponía más extraña, sus ojos desorbitados, sus labios resecos. La llamaba, pero parecía que no lo escuchaba o no quería hacerlo. Desesperado, comenzó a mirar para todos lados buscando algo o a alguien que pudiera ayudarlos, estar a semejante altura lo ponía mal, se sentía mareado y con náuseas, lo que empeoraba aún más la situación. Cerró los ojos, esperando que al abrirlos todo estuviera mejor.194

Quizás esas manchas púrpura bajo sus ojos tenían mucho que contar, tal vez eran noches de insomnio buscando la pócima, o posiblemente lágrimas color arcoíris. Pérez se encontraba bastante angustiado por Dominga, ya que, camino a su frente, justo cerca de sus ojos, algo brilló a contraluz, lo que lo entristeció, pues no deseaba que Dominga siguiera estando tan preocupada. Por qué estarlo, si en el tiempo que habían andado el mundo juntos habían sido felices en diversas ocasiones. Pérez decidió entonces resbalar con cuidado por los pómulos de Dominga hasta llegar a sus hombros, caminó por ellos como en la cuerda floja y llegó hasta su oído.195

193. Malena 194. Marlonero — Marlon Echavarría Rodríguez 195. Luna Estevez Rueda 84 #

Se acercó a su oído, intentó observar internamente alguna anomalía y vio una extraña e inquietante luz al interior de su cabeza, de un tono verde limón, además de un suave susurro de viento que intentaba decirle algo que no entendía.196

La luz por poco lo encegueció, sin embargo, entrecerró los ojos y trató de ver más allá del prominente halo, que parecía más bien un reloj de cuerda, hecho de esmeraldas. Pérez pensaba que aquello era un sueño, y las voces comenzaron a parecerle más familiares, hablaban en otros idiomas, eran como cánticos, voces femeninas que se entrelazaban a medida que una dulce percusión de clavicordio se hacía más intensa.197

196. RickyBly 197. JaneAvril 85 #
# David Pérez 86 #

—Lo veo pero no lo alcanzo a escuchar —le dijo a la señorita Dominga—. Es una luz, verde como los platanares del pueblo, y la mancha de sus gajos es más fuerte, a tal punto que las ancianas la usan o para marcar los pañuelos de sus esposos con las iniciales de sus nombres o para remedios naturistas de esos que nadie entiende. Muchos son escépticos ante éstos, casi todos terminan practicándolos en la vejez y a todos les funcionan. —Entra en mi oreja —gritó desesperada Dominga—. ¡Entra! Y así averiguas qué es lo que nos quiere decir el destino, quizás allí esté la clave para seguir nuestro camino hacia la felicidad.198

Lleno de curiosidad, Pérez se preparó para entrar, pero antes de hacerlo revisó sus bolsillos, donde afortunadamente encontró una caja de cerillas, sacó una de ellas y la encendió con cuidado. Al dar el primer paso se encontró con una masa amarillenta que daba a conocer que a la señorita Dominga le faltaba un poco más de aseo, pero al ver esto no le dio mucha importancia, ya que lo que realmente interesaba era el amor que sentía por ella, que era capaz de arriesgar su vida para encontrar la felicidad, sin importar los obstáculos que se le presentaran. Sin pensar más continuó su camino y a los pocos segundos.199

Se fue de mula a causa de la masa amarillenta parlante. Él, a diferencia de la señorita Dominga, no era muy hábil para aquello de los obstáculos, sobre todo porque hasta hace poco lo había encandelillado una sonora luz verde limón que además le decía cosas ininteligibles, de modo que el pobre había quedado peor de torpe que de costumbre, razón por la cual tropezó con la antedicha masa, que resultó ser fécula de maíz. Ésta había mutado —es la única explicación razonable para el hecho de que hablara— y se había convertido en maíz pintao parlante.200

198. Jonatan Bermudez Pascuas 199. Sandra Bautista 200. Ángela Martínez Ruiz 87 #

Pérez ya casi estaba perdiendo la capacidad de asombro por tanta cosa rara que se le aparecía por el camino, así que luego de levantarse y reponerse de tremendo golpazo, decidió quedarse un ratito mirando el trozo de maíz parlante, a ver si de suerte le decía algo que facilitara su búsqueda, algo que sirviera de pista para poder continuar. Para su sorpresa, aquella masa amarillenta casi repulsiva empezó a cantar, pero cantaba muy rápidamente y cosas sin sentido, como si sólo se tratara de sílabas unidas aleatoriamente, además tenía una voz muy aguda, absolutamente insoportable para los oídos.201

Oyendo cantar al maíz, sintió cómo una ráfaga eléctrica lo estremecía mientras le abrasaba en calores la espalda. Desde la punta del cabello hasta el coxis le vibró el cuerpo. Estaba nervioso. Aspiró hondo el aroma lugareño para llenarse de valor y continuar. Se movió algunos metros con la mirada fija al frente y perdida en sus pensamientos. Se extinguió la luz de la cerilla y el humo blanquecino produjo el olor de remate. Ahora estaba solo y a oscuras. Solo. Solo con las siluetas de los objetos del cuarto a oscuras y la masa parlanchina. Solo y frente a una puerta que se abría lentamente, como presintiendo su llegada. Una mano se extendió desde el frente y202se levantó y tomó la masa entre sus manos, resuelto a destruir aquella abominación natural que lo hizo caer, pero el hecho de que hablara lo dejó estupefacto y maravillado al mismo tiempo. Dos mariposas blancas pasaron volando y contemplaron la duda en sus ojos. Botar la masa podría ser un error, aunque trabar amistad con una fécula de maíz parlante no era una señal de una persona cuerda. Resolvió mantenerla consigo, al menos de momento, mientras buscaba a la señorita Dominga para hablar del tema. No se sentía cómodo, necesitaba un poco de compañía y, por qué no, entrar en razón, además de que ella sabría exactamente qué hacer.203

201. Laura Sandoval 202. Lina Guzmán 203. Iván Darío Pérez Cangrejo 88 #
# Oscar Iván Ospina 89 #

Al encontrar a la señorita Dominga, y comentarle lo sucedido, tomaron la decisión de amasar la masa y agregarle aliños, sazón y mucho sabor para crear unas deliciosas y gustativas empanadas 100% colombianas, las cuales serían vendidas en la plaza de mercado de un lindo y amañador pueblo colombiano. Pensaron reunir muchas lucas para comprarse un pequeño Jeep Willys en el cual viajarían alrededor de Colombia, visitando Calima, Darién, Cartago, Buenaventura, Palmira, Sevilla, Pereira, Belén de Umbría, Mistrato, Caicedonia, La Guajira, los llanos, Medallo, Bogotá, Amazonas, Popayán y finalmente Yumbo, donde encontrarían a la señora Josefa, quien les diría:204

— ¿Qué los trae por esta tierra? Aunque para sus adentros estaba sorprendida por los visitantes, doña Josefa claramente veía en los ojos de ellos que estaban en una búsqueda. ¿De qué?, se preguntaba. Lo que sí sabía era que la correduría por Colombia de la que venían sólo había sido el comienzo de una historia. Ellos atinaron a responder: —Doña, estamos cansados. La plata y las empanadas que movían este carrito ya se acabaron. ¿Puede usted darnos posada hasta mañana? Doña Josefa se preciaba de ser la mejor anfitriona de todo Yumbo y no iba a permitir que eso se pusiera en duda. —Claro, mijos, sí hay posada, pero antes díganme qué es lo que tienen en mente, ¿qué es lo que están buscando?205

Si le hubieran mencionado tan sólo una palabra de su apreciada búsqueda, todo se habría arruinado. Silencio total, ese era el consenso, el pacto sin palabras que no necesitaban mencionar para cumplir su cometido. —La verdad, doña, venimos por lo de las auroras, el rumor corrió hasta nuestro pueblo y quisimos verlas y de paso pedirles un deseo… usted sabe, si se hace con fe, las almas de nuestros ancestros puede que nos oigan. Doña Josefa quedó incrédula con tal revelación por parte de los viajeros, vieja bruja, no en vano se vive y se conocen tantos mentirosos en esta vida. Pensó para sus adentros: estos dos esconden algo, y debe de ser muy gordo. Lo averiguaré.206

204. Yeison Alberto Rios 205. Cristian David Sequera Corral 206. Martín Mesías 90 #
# Liliana Montañez 91 #

Subió corriendo por las escaleras, entró en su laboratorio, que más parecía un cuarto de San Alejo, y mientras tanto pensaba: estos sí que deliran, pero al fin y al cabo andan por la vida como todos en este mundo, entre la cordura y la locura, buscando las respuestas a tantos interrogantes. Los dejaré ver las auroras ¿Qué puedo perder? Tomó su bitácora, se asomó al pasillo y desde allí gritó: — ¡Suban!207

Al no recibir repuesta, la anciana bajó y tomó asiento. Pérez y Dominga contemplaron un grupo de mariposas amarillas que ingresaron por la ventana y se posaron sobre las manos abiertas de la anciana, que sonrió y dijo: — ¿Qué le pedirían a las auroras? Dominga y Pérez se miraron y contestaron al mismo tiempo: —Conocer el secreto de la vida. La anciana sonrió, se levantó de la silla y caminó hasta la ventana cantando una melodía a las mariposas; miró a la pareja y dijo: — ¿El secreto o el origen? Pérez y Dominga se miraron y afirmaron: —El secreto, el secreto.208

La anciana sonrió con ternura, por un momento se le iluminó el rostro arrugado. Tenía la mirada de sabiduría con la que los largos años de vivencias y angustias dejan marcada el alma; en el ambiente se sentía un silencio fúnebre, era como si estos personajes estuvieran frente a un espectro. Pero aun así se sentían seguros, no había otra realidad más que la confianza que la anciana les brindaba, esperaban con ansiedad esa respuesta que para ellos significaba todo lo que un día se habían propuesto y que por fin estaba a punto de culminar. Dominga y Pérez la observaban fijamente hasta que un estruendoso ruido les hizo cerrar los ojos.209

207. Karola Romero 208. Juan Romero 209. Sonia Amparo Gomez Velandia 92 #

La anciana, mirando meditabunda las mariposas en sus manos, pensó, suspiró, y dijo: — ¿Creen qué todo en la vida se trata de un secreto? — ¿Por qué lo dice? —dijo Dominga. —El secreto siempre está delante de ustedes, sólo que se niegan a contemplarlo. El encanto de la vida y su origen no está en atrapar y obtener el secreto de cada cosa. Es como si quisiera en estos momentos tomar una red y atrapar a todas estas mariposas. Entonces, no hay secreto, sólo hay que dejar fluir la vida, como el vuelo de estas mariposas. Y las dejó volar libres por el mismo lugar por donde entraron.210

210. Diana Pedraza 93 #
# Diego Armando Gutierrez 94 #

Durante un segundo Pérez se quedó mirando al vacío. Dominga siguió el trayecto de su mirada, intentando buscar el objeto de su distracción. Luego de un breve instante, Pérez parpadeó y le preguntó a Dominga: — ¿No te parece tonto? — ¿Qué cosa? —respondió ella mirándolo con sorpresa. —Tener que soportar tantas situaciones sosas, cursis y sin gracia —respiró con calma, como si no se estuviera quejando—. Sólo digo… cuando lo miro todo en retrospectiva me doy cuenta de que ya hemos pasado por todas las situaciones cliché que te puedas imaginar. Me aburre pensar que todo tiene un sentido “místico” y en verdad no es más que una táctica barata para hacernos sentir importantes. Sólo digo…211

—No es tonto —interrumpió Dominga con serenidad—. No creo que seamos tan importantes como para que se construya una táctica sobre nosotros, por más barata que sea. De ninguna manera —dijo la frase sacudiendo la cabeza, como si quisiera sacarse un ruido raro de ella, y continuó—: ¿Sabes lo que pienso? Pienso que esta es la vida, así es como viene, con sus cursilerías y sonseras, porque a la larga, ¿no somos todos poco más que un cliché? —Pero es que esto ya es demasiado, Domiga. A veces… ¿a veces no te parece que es extenuante? —A veces pienso muchas cosas, pero ninguna de ellas nos llevará hacia donde vamos. —Quizá tengas razón —dijo él, resignado. —Es mejor creerlo así, es mejor…212

211. Santiago González 212. Alex Sanchez Loaiza 95 #

Después de escuchar esta reflexión, Dominga siguió buscando su objeto distractor, pero con una leve sorpresa en los ojos inspeccionaba cada palabra oída, como si la idea entre líneas hubiera tocado alguna fibra de su recuerdo. ¿Importante?, se decía a sí misma. Serían suficientes “aquellas situaciones cliché”. ¿Pero acaso la vida termina ahí? Tal vez la idea de desistir de la búsqueda la asustaba, la sorprendía, porque todo lo que habían pasado sería algo en vano, sin sentido. Cerró los ojos bruscamente y sacudió la cabeza para quitarse de encima cualquier palabra o idea frustrante. Lo miró y le dijo: — ¿Te parezco tonta, Pérez?213

— ¿Cómo podría un tonto reconocer a otro? Le preguntas al hombre equivocado. Empiezo a sentirme como un perro correteando su propia cola, esperanzado y agitado pero a la vez eternizado en el espacio mismo de su maratónico diámetro. Debo aclarar que mi nutrida egolatría rechazaría de inmediato a quien se atreviese a parecer más y mejor tonto que yo —respondió Pérez. Ella se rió: — ¡Definitivamente no soy yo! ¿Entonces continuamos? ¡Entonces continuamos, grandísimo tonto! Pérez respondió ofreciendo su mano con un gesto que auguraba complicidad, y rápidamente Dominga se le aunó con un apretón de mano fortacha que gritaba en silencio: ¡sí, continuamos!214

Decidieron continuar, pero ese par de tontos no tenían ni idea de lo que les esperaba. Sus cuerpos se estaban poniendo gelatinosos y de un color café desagradable. —Pero qué nos está pasando —gritó Dominga. —No tengo ni idea —respondió Pérez, mientras su boca se derretía y sus ojos se le salían de las órbitas. Dominga, riendo, dijo a Pérez: — ¡Te ves como un marciano! Y él le respondió: —Mírate en el espejo y te sorprenderás. Dominga se miró en el espejo y quedó realmente sorprendida: tenía los ojos llenos de diminutos puntos verdes y no veía el blanco de sus dientes. La noche caía en picada, como un ave de mal agüero, para avisarles que las cosas empeorarían.215

213. Wilmar Harley Castillo Amorocho 214. Paolandrea Vega Reyes 215. Michael Benitez Ortiz 96 #

—Al menos estoy mejor que tú, mi rostro se refleja calaverado —dijo Dominga. Pero no perdieron el interés por llegar a una casa donde les brindaran un poco de agua y, por qué no, algo de comer. Aunque creían que con su apariencia asustarían a los que los vieran…216

Pero la sed y el hambre no daban tregua, si no lograban conseguir alimentos por las buenas, lo harían por las malas. Comenzaron de inmediato a idear un plan… — ¡Pérez!, ¿y si aprovechaos nuestro aspecto y el miedo que provocamos para divertirnos un poco? —propuso Dominga con cara de pícara. — ¡Eres genial, horrorosa Dominga! —respondió en tono de burla Pérez; así comenzaron su búsqueda de alimento, mientras llenaban su alma de risas y carcajadas.217

La noche caía y estaban exhaustos por el largo trecho que habían recorrido hasta ahora, entonces decidieron sentarse a descansar por un momento. De repente Dominga vio a lo lejos una luz y propuso ir hasta allá, tal vez encontrarían refugio para esa noche y podrían continuar su camino al día siguiente.218

A medida que caminaban, Pérez pensaba en el momento en el que decidieron emprender la travesía. Así surgió en su cabeza un inquietante pensamiento y le dijo a Dominga: —Míranos, mira todo lo que hemos pasado. ¿Consideras, en verdad, que esto ha valido la pena? Dominga sonrió.219

Siguieron, porque el hambre, la sed y el cansancio los dominaba. Sus pasos se hacían cada vez más pesados, más para Dominga, que por su estatura gastaba más energía en comparación con Pérez. Sólo querían llegar a esa luz sin saber qué les esperaba.220

216. Nazly Yurani Cadena Rodriguez 217. Ovidio Gonzalez Soler 218. Carolina Peña Cruz 219. Pablo Alejandro Cristancho Casallas 220. Claudia Patricia Angarita Torres 97 #

Con tantos ires y venires la preocupación aumentaba cada segundo, incluso poniendo en duda su propia supervivencia. La luz provenía de una vieja casa de tejas que parecían un colador, en cuyo interior se bifurcaba la luz como si se tratara de una discoteca dominical. Sería apenas suficiente para servir como refugio. Sus actuales residentes habían tapizado el piso de madera con baldes de todos los colores y materiales para disimular el indisimulable mosaico de goteras. No tenemos más opciones, concluyeron. Nos quedaremos aquí a esperar el próximo milagro, o morimos con la idea latente de que todavía nos faltaba vida para sobrevivir.221

Al llegar a la casa, se acercaron lentamente, como con pena por el estado en que estaban pero con determinación y afán, ya que el hambre y la sed no daban espera. Llamaron a la puerta, pues no vieron botón de timbre o algo parecido, y esperaron durante un breve rato sin obtener respuesta. Mientras Dominga volvía a golpear a la puerta, Pérez le daba una vuelta a la casa para revisarla y de pronto encontrar al menos una llave o grifo para el agua. Cuando Dominga fue a golpear por tercera vez, escuchó el grito de Pérez, que la llamaba urgido. — ¡Dominga!, ¡Dominga! Pensando lo peor, saltó como una gata en celo y corrió hasta donde Pérez la llamaba.222

— ¿Qué sucede?, ¿por qué gritas? Si no estoy sorda. — ¡Silencio, Dominga! Mira lo que están haciendo —dijo Pérez, señalando hacia el jardín de atrás, donde se encontraban dos hombres y una mujer con aspecto de muy pocos amigos, quienes al perecer estaban planeando algo. La mujer que se encontraba con esos sujetos tenía en sus manos un cofre color café. — ¿Que habrá en ese cofre? —preguntó Dominga al señor Pérez. — ¿Acaso crees que soy brujo?223

221. CJ Torres 222. Octavio Cruz Gonzalez 223. Kelly Johanna Macias 98 #

—Debemos esperar para poder darnos cuenta de qué es lo que hay dentro del cofre —dijo Dominga. — ¿Cómo crees que podremos darnos cuenta? —Sencillo —dijo Dominga—. Seguiremos sus rastros hasta averiguar qué es lo que están tramando. — ¿Consideras que esto nos dará resultado? —preguntó el señor Pérez.224

—Claro que sí, debemos saber lo que realmente hay en ese cofre, puede que nos dé pistas para lo que buscamos —dijo Dominga. El señor Pérez la miró con aire condescendiente y dijo: —A echar camino, Dominga, andando.225

— ¿A qué le temes? No hay nada que perder si abrimos el cofre, además la curiosidad me invade por todos lados. —Mujer, vamos, no seas terca. Pero Dominga insistió tanto que Pérez accedió a su petición sin dudar de la intuición de su amada.226

—Tal vez es la caja de Pandora —dijo él en tono de burla. —No seas tonto, vamos a abrirla —dijo Dominga con un ligero tono de impaciencia. Cuando la abrieron se sorprendieron, encontraron un viejo pergamino con polvo y una telaraña; Dominga se asustó y retrocedió unos pequeños pasos y Pérez osadamente lo abrió. Decía:227

224. Paola Andrea Vasquez 225. Stefany Leon 226. Leidi Mayerli Iscala Cardenas 227. Leidy Tatiana Romero Soler 99 #
# Jessica Gomez 100 #

“Quien esté leyendo este pergamino puede haberlo encontrado por accidente, pero en las siguientes líneas podrá encontrar un gran secreto nunca antes conocido. En el mapa adjunto encontrará la ruta para llegar a la gran gruta de la sabiduría.” Dominga con gran anhelo quiso seguir leyendo las letras del pergamino, pero Pérez, con asombro, exclamó: —No continúes leyendo, Dominga, puede ser un texto encantado.228

—Pero si no lo leo me quedo con la duda y qué tal que sea verdad lo de la extraordinaria gruta de la sabiduría. —Si es un hechizo puedes quedar ciega, Dominga. —Fisgonearé de reojo el mapa… si está encantado me hechizará únicamente el ojo izquierdo y me quedará bueno el derecho. Al fin y al cabo, para las injusticias que hay que ver, con un ojo basta.229

De este modo, Dominga fisgoneó de reojo el mapa. Y como ya se sabía que el mapa estaba encantado, éste la dejó ciega de un ojo por el hechizo lanzado. —¿Qué me está pasando? —dijo Dominga. —¿Qué pasa?, ¿te sientes bien? —No puede ser, no veo nada por el ojo izquierdo. —Pero ¿qué viste en el mapa?230

—Es confuso; el mapa me dio a entender que no permite ser visto con ojos humanos, porque están llenos de prejuicios. —Eso es un gran problema, necesitamos ayuda. —Si encontráramos unos ojos que vean imparcialmente, me recuperaría, y veríamos si el camino que buscamos realmente es el correcto. Incluso sabríamos si hay un camino para seguir. —Avancemos, en busca de lo uno o lo otro. No pierdas la fortaleza, estoy aquí para recordarte que la derrota no es posible. Si como dices no hay una ruta segura, crearemo s una. Decididos empezaron a caminar, dejando la huella de sus botas en el suelo.231

228. Jose Fernando Mendoza Ibarra 229. Ricardo Galindo Flórez 230. Laura Carolina 231. Ana Brisney Moreno 101 #

Estaban exhaustos por el clima y el largo camino, pero, con esa luz de esperanza y juventud que ambos tenían en los ojos, ella vio a lo lejos un leve movimiento entre la maleza y su curiosidad la llamó a averiguar qué era. Caminó lentamente, y cuando encontró a una pequeña niña sentada entre el fango jugando con un par de caracoles, emocionada dijo: —¡Encontré quién puede interpretar el mapa! Él, con cierta confusión y un tono de sarcasmo, respondió: —Sí, será un jabalí. Ella lo llevó de la mano y le mostró a la pequeña niña.232

La pequeña continuó jugando con los caracoles y permaneció en silencio por un tiempo. Lentamente se incorporó, los volteó a ver y estiró la mano esperando algo a cambio. Ellos le entregaron el mapa. Lo desplegó sobre el suelo y lo observó mientras tarareaba una canción, luego tomó tres de los caracoles más pequeños con los que jugaba y los lanzó como quien lanza los dados sobre el mapa.233

Los caracoles dieron ligeros giros en el aire como un trompo, cayeron sobre el pergamino, uno de ellos cayó en tierra, otro en uno de los párrafos del texto y el más pequeño quedó encima de uno de los tres caminos pintados en el mapa. Pérez, sorprendido por la magnífica hazaña de la pequeña, dio saltos de alegría gritando: —¡Bingo!, Dominga, ya sabemos por dónde continuar, esta pequeña ya hizo su obra, pero ¿cómo interpretamos el otro texto del pergamino que señala el caracol para no quedar encantados? Dominga, con ceño de escepticismo, exclamó: —¿Crees en este resultado?234

Pérez, con un poco de duda, le dijo a Dominga: —Tiene que ser así, sólo necesitamos una forma de leer el otro texto sin que nos afecte. Ayúdame, Dominga, esta es nuestra oportunidad de avanzar. Se quedaron expectantes, sin decir palabra. Cuando la niña recogió los caracoles y los volvió a lanzar, Dominga exclamó: —¿Qué haces? —y corrió a impedírselo. Pérez la tomó del brazo y le dijo: —Déjala, ella es los ojos que buscábamos.235

232. María Alejandra Rojas Rojas 233. Oskar Quiroga Quiroga 234. José Fernando Mendoza Ibarra 235. Claudia Patricia Angarita Torres 102 #
# Diego Agudelo (Tierraboca) 103 #

Dos de los caracoles cayeron de la misma forma que en el anterior lanzamiento hecho por la pequeña, ratificando el camino a seguir. Dominga, un poco sorprendida por el resultado y llena de coraje frente a este acertijo, dijo a Pérez: —Está bien, no puede ser una coincidencia, el camino está marcado, debemos descifrar el otro texto señalado por el otro caracol en el pergamino. Seguramente en el camino encontraremos otro corazón limpio que nos ayude, continuemos como nos señala el mapa para encontrar la gruta.236

—De acuerdo —replicó Pérez—, sin embargo, no considero pertinente que dejemos nuestra destino al azar nuevamente, quizá debamos intentar descifrar el pergamino por nuestra cuenta. La verdad desconfío de tanta suerte, y no creo posible encontrar ayuda nuevamente. —En verdad lo crees —dijo Dominga mientras Pérez asentía con la cabeza—. Es una posibilidad, pero creo que lo mejor es que lo discutamos por el camino. De esta manera, en medio de dudas, Pérez y Dominga emprendieron la ruta por el camino señalado.237

Con pasos cautelosos sobre las piedras, fueron aproximándose a una pequeña y hermosa formación de sales minerales que parecían oro. Su gran resplandor brillaba como el sol, pintando todo el techo con su maravillosa luminiscencia. Con la luz, Pérez vio una imagen similar a la del mapa tallada en el techo, se la mostró a Dominga y entre los dos descubrieron que esa marca era parte de la ruta hacia el laberinto mágico que conducía al centro de la montaña.238

236. Jose Fernando Mendoza Ibarra 237. Walter Hernando Pérez Mora 238. Nataly Amaya Suarez— Naty Nefesh 104 #

Era una imagen excepcional, inspirada por los dioses y pintada con las yemas de los dedos por las hadas más diminutas que habitaban aquel reino. Pérez alcanzó a considerar la idea de abandonar su aventura sólo para permanecer el resto de sus días apreciando esta cautivadora imagen. Sin embargo, la mano firme de Dominga apretando su hombro lo sacó de su letargo para señalarle los seis pares de ojos de un amarillo intenso que con esmerada atención los observaban desde lo que parecía el fondo de la gruta.239

Dominga, con una voz que casi no le sale de la garganta, le preguntó a Pérez: —¿Y esto qué es? ¿Ahora en qué nos metimos? Pérez estaba extasiado con estas diminutas criaturas, que al oído le susurraban: —Sigue, tú puedes derrotar al guardián de la gruta. Él no salía de la sensación de plenitud que le causaban las hadas. Dominga se estremeció y le dijo: —Pérez, por favor reacciona… siento que esas miradas penetrantes me están carcomiendo el alma. Ayúdame, por favor.240

Dominga se estremecía porque ya conocía muy bien a estas criaturas, ya en algún momento de la vida le había sucedido lo mismo. Eran algo así como una extraña mezcla de miedo y placer. De pronto miró para el techo y allí estaba su hada, su amiga, la de siempre, la que escuchaba sus cuentos imaginarios, la que le hacía señas para recordarle que se quedaría allí acompañándola hasta que se quedara dormida. Dominga quería salir de allí y le suplicaba a Pérez que por favor la siguiera, pues no quería enfrentarse de nuevo con sus miedos.241

239. Daniel Morales 240. Claudia Patricia Angarita Torres 241. Alba Lucia Ospina 105 #

Pérez no reaccionaba. De repente, un hada alzó vuelo y, poco a poco, se fue convirtiendo en una especie de polvo grisáceo. Las partículas, que parecían ceniza rancia, cayeron lentamente sobre los ojos de Dominga. —Pérez… no puedo ver… ¡ayúdame! Lágrimas grises comenzaban a rodar por su rostro, sus ojos fueron tomando un color verdoso. —¡Ayúdame! —gritó desesperada. Las demás hadas también levantaron vuelo. Dominga sintió un gran cansancio, sus músculos comenzaban a dormirse. Casi susurrando, dijo: —Sálvame… Pérez volvió en sí. Se miró las manos y los pies. No se había movido. Aturdido y preguntándose qué había sucedido, giró el cuerpo y emitió un grito ahogado. 242

Vio a Dominga con los ojos desgarrados y desvanecida en el suelo. Hizo un movimiento infructuoso para tocarla y le dijo con gran dificultad: —Te voy a salvar. Cerró los ojos y se esforzó por recordar las características de las hadas, que había escuchado de los labios de su abuelo cuando era niño. Recordó que las hadas eran seres simples pero poderosos, que tenían motivaciones elementales, tales como el juego, la furia y la dulzura, pero que cuando se las agredía eran despiadadas. También recordó que se las podía apaciguar con cantos de cuna, suaves y delicados en la voz de un niño o de una mujer. Giró hacia Dominga para despertarla, ella tenía que cantar.243

Pero Dominga no podía incorporarse, y mucho menos tenía aliento para entonar su melodioso canto. El mismo con el que encantaba a todas esas criaturas que sólo podía ver cuando era una niña. Ahora, después de tanto tiempo, el don que le fue dado se pondría de nuevo a prueba. Rememorar su magia, su fascinación por el control de lo supernatural. Era todo eso lo que la hacía sentir viva. —Es hora de salir de este embrollo, vamos, Dominga, demuéstrales a las hadas que estás de su lado y juntas podrán aprender —dijo Pérez en un esfuerzo desesperado por salir de tan apremiante situación.244

242. Jorge Salgar 243. Jose Martinez 244. Ninbar 106 #

—Hay un pequeño problema —respondió Dominga—. Hace años que no canto delante de otras personas. Desde una vez que se me quebró la voz en la escuela y todos mis compañeros se rieron de mí. No quise volver a cantar en público y siempre que pienso que alguien me oye sudo más que una regadera. Pérez le contestó: —Imagínate que nadie te oye o, por lo menos, que soy una pared. Aquí nadie se va a reír. Piensa en lo bonito que sería que los turpiales y las alondras se unan para hacerte coro. El agua de las cascadas. Que toda la tierra pueda unirse a tu canto. El viento haciéndote eco.245

Dominga, con un sentimiento de frustración, dijo a Pérez: —Si el encanto de mi canto es la llave que cierra la puerta de este hechizo, intentaré iniciarlo, con tan profundo esmero que las hadas serán mi coro y los elementos del universo serán mi orquesta. Que mi esfuerzo sea tan enigmático que al entonar mi canto se nos muestre el camino que debemos continuar y se abra la puerta custodiada por las hadas, así podemos ingresar al definitivo encuentro de lo buscado, y que al romper el hechizo desaparezcan sus males de nosotros, de no ser así el hechizo será más fuerte y las cosas empeorarán. Pérez le respondió: —Estamos en tus manos, esmérate con tu canto.246

Hubo un silencio, y Pérez añadió: —Imagínate que, de repente, descubres que tienes una voz angelical y que no alcanzas a comprender qué pasó, y que tu voz cantora ha capturado la atención del universo y que todos los seres vivientes, y aun los inertes, esperan, ávidos de ternura, a que tú los arrulles con las notas de una hermosa canción.247

245. John Alexander Ávila 246. Jose Fernando Mendoza Ibarra 247. Eguer Mercado Meza 107 #

Su rostro se tornó sonriente y su alma resplandecía, esa sensación de nervios aún existía, pero en menor grado, y de los labios de Dominga comenzaron a asomarse unas primeras notas desafinadas, fruto de lo oxidada que estaba su voz. Pérez sintió miedo de que no pudiera hacerlo y empezó a susurrar el ritmo, y cuando el susurro llegó a los oídos de ella, cerró los labios y dejó de cantar, pero Pérez no dejó de tararear (estaba nervioso y era su forma de demostrarlo).248

Sí, Pérez no podía ocultar su temor, por eso ese tarareo arrítmico, pues sabía que si Dominga no evocaba su niñez y entonaba su canto mágico no saldrían del apuro que los tenía estancados. Dominga, haciendo un esfuerzo sobrehumano, juntó los labios y empezó a emitir un sonido para ella conocido en la niñez. —¡Claro!, era el canto de las hadas, sólo tenía que tranquilizarme y recordar mi infancia para dejarlo salir —le dijo sonriente a Pérez. Él como siempre la animó a seguir el canto que los llevaría a descubrir lo que estaba oculto en la gruta.249

Dominga entró en un letargo penetrante que la llevo a un sueño visionario, los susurros de Pérez influyeron para que ella pudiera entrar en el trance que la llevó con la custodia de las hadas a un viaje revelador, que para ella fue maravilloso y duradero, en el cual se le entregó por parte de la Gran Hada Madrina la clave para encontrar lo que buscaban. También le entregó los pasos a seguir para encontrarlo, pero con un único compromiso: no revelarlo a Pérez. Dominga, asustada por lo adquirido, volvió en sí, abrió los ojos y escuchó a Pérez, que yacía sentado en la entrada de la gruta sobre la gran piedra. Sólo habían transcurrido algunos segundos.250

248. Yurdey Fernanda Herran Murillo 249. Claudia Patricia Angarita Torres 250. Jose Fernando Mendoza Ibarra 108 #

—¿Pasa algo? —preguntó Pérez, rompiendo el monótono sonido de la respiración agitada de Dominga. —No —mintió ella sin ser capaz de mirar a los ojos a su acompañante. Aún no había acabado de entender lo sucedido, pero sentía una impetuosa urgencia de salir de aquel lugar en el que los inquisidores ojos de su compañero de peregrinaje la escrutaban como si conocieran sus pensamientos o, peor aún, los retazos de sueño que aún colgaban de algún hilo de su conciencia. —Necesito aire —dijo ella con una voz tan suave que luego de que las palabras saliesen de su boca tuvo que volver a internarse en los ojos de Pérez para cerciorarse de que no sólo lo había pensado.251

Pérez extendió la mano hacia Dominga y de pronto sintió que la piedra se movía levemente. Pensó que le había dado nuevamente ese mareo que lo aquejaba constantemente. Pero su sorpresa fue mayor cuando Dominga le gritó con voz desesperada: —¡Bájate rápido; no estás sobre una piedra, mira, es la cabeza de un monstruo ancestral! Observa los ojos, están cerca de tus pies, están lanzando llamas. Pérez se quedó estupefacto y no sabía qué hacer. Dominga recordó que, en su letargo, entre los pasos que la llevarían a conseguir la pócima, debían encontrar a la gran bestia.252

No era una bestia común, al menos no como se la puede imaginar uno sacada de un cuento de horror, era más bien como si fuera extraída de un cuento de magia, con un halo de poder que hizo sentir a Dominga y a Pérez una extraña y placentera sensación de paz y de confianza tan pronto la bestia despertó a causa de las pisadas azarosas de Pérez. —¿Y ahora qué hacemos? —repetía Dominga con el corazón aún latiendo aceleradamente. —¡Aguarda!, parece que la bestia quiere decirnos algo… —¡Calla, Pérez! —insistía Dominga. —¿No sientes lo mismo que yo? Siento que quiere comunicarnos algo, que debemos callar y confiar en ella, no nos hará daño… ¡Escucha! ¡Está cantando!253

251. Angela Ruano Cadena 252. Perlita Chain 253. Marcela Ocampo 109 #

Así en medio del frío, de las tinieblas y de la incertidumbre que caracterizan a las noches sin luna y de tenue neblina, Pérez decidió confiar en Dominga y seguir sus instintos. Ambos escucharon el canto de aquella bestia. Pero… ¡un momento! ¡La bestia no estaba cantando!, o por lo menos no era lo que parecía al verla, pues la bestia no tenía boca; su canto llegaba a ellos como telepáticamente, y es así como lo podían percibir, al igual que su mensaje. Aquella bestia grande, de rostro aún confuso, de mirada apacible, les pedía que lo siguieran.254

254. Nancy Carolina Erazo Riascos 110 #
# Maria Eugenia Quiroga 111 #

Dominga y Pérez quedaron por instantes inmóviles, mirándose fijamente el uno al otro como indagando cada uno en los ojos del otro si estarían obrando bien al seguir la petición de la bestia. De pronto, como levitando, iniciaron una marcha tras la bestia con una voluntad perdida ante sus intenciones; sin mayor esfuerzo viajaron el resto de la noche y antes del amanecer se vieron entrando a un majestuoso túnel de piedra. Dominga y Pérez, mudos, fatigados por la marcha, se miraron fijamente a los ojos y sin decir nada aceptaron la invitación de la bestia para entrar en el túnel.255

Ambos se dieron cuenta de que la bestia les ocultaba algo, pues no les daba casi información. Sin embargo, les daba miedo preguntar, pues no sabían cuál sería su reacción. Al llegar al fondo del túnel, la bestia los miró a los ojos y sin mucho sentido mostró sus grandes dientes. Ellos quedaron inmóviles, pues la idea de ser devorados vivos los aterraba, pero habían confundido su gesto de sufrimiento con uno de ataque. La bestia, sin más remedio, rompió a llorar.256

Ellos no entendían lo que estaba sucediendo, el miedo a ser devorados se apaciguó enseguida. Pero las lágrimas de la bestia eran tan grandes que ahora su temor era morir ahogados. Podrían haber huido de allí pero no lo hicieron porque aún querían saber lo que la bestia les ocultaba. Mientras pensaban cómo preguntar a la bestia lo que sucedía, las lágrimas ya les tocaban las rodillas. Hasta que la bestia, sin pensarlo dos veces, habló:257

255. Max Romero Ocampo 256. Leidy 257. María Mattea 112 #

—¡Qué seres más extraños son ustedes! Tuvieron todas las posibilidades de huir de mis garras terribles y decidieron quedarse para saber el motivo de mi llanto. Ahora mismo se preocupan por formular la pregunta correcta para que les cuente mis penas. Antes de que me fastidien con esas voces chillonas, les diré: la gente olvidará lo que hiciste, lo que dijiste, pero nunca lo que le hiciste sentir. Por eso ahora les digo: no. Con estas palabras la bestia terminó la conversación y se aplastó en el suelo, sumergiéndose en una profunda depresión, olvidándose por completo de ellos. Su caída pesada produjo una enorme ola que los sacó bruscamente y los hizo volar por los aires.258

Mientras volaban por el claro cielo, empezaron a pensar cuáles eran las penas tan deprimentes de la bestia, y sin poder hacer algo durante la caída, fueron a dar a dos árboles que tenían hojas blancas en un lado y rojas en el otro. Dominga cayó del lado de las hojas blancas, donde adquirió el don de saber las penas de los seres, y Pérez adquirió el don de saber las alegrías de los seres. Al saber que se encontraban bien decidieron volver a entrar en el túnel de rocas, pero se encontraron con un obstáculo que detuvo su camino: una hermosa doncella de pelo brillante y ojos azules que desprendían la luz del camino.259

Aquella doncella era tan pero tan grande que Dominga y Pérez podían sentarse como en un mueble en uno de sus dedos, y lo único que deseaba para dejarlos pasar era que peinaran con amor y delicadeza su pelo brillante que, como ella, también era grande y largo. Dominga y Pérez, con los dones adquiridos, fueron ingeniosos: consintieron sus penas y alegraron sus dichas; aquella doncella nunca en su larga vida había sentido tanta alegría y tanta paz, así que con sólo mirarlos los dejó continuar su camino, dándoles a su paso un trozo de su hermoso pelo brillante, que como sus ojos iluminaba el camino.260

258. Salomón Paz Villamizar 259. Alexander Avila 260. Gloria Stefany Guevara Herrera 113 #

Un poco desconcertado, Pérez dudaba de poder hallar la solución a sus problemas. Ya habían recorrido muchos caminos, habían hablado con mucha gente y la pócima no aparecía. Miraba al cielo con un poco de reproche; por su parte, Dominga simplemente veía las nubes danzar y cambiar, jugaba con ellas y con su imaginación, se perdía en los lobos y piratas que emergían de sus formas. Ambos meditaban tirados sobre el césped de aquel parque, unidos por los meñiques que se tocaban en silencio.261

Dominga se levantó súbitamente, miró a Pérez y le dijo: —Estamos buscando en los lugares incorrectos, de forma equivocada. A lo que Pérez contestó: —¿Qué quieres decir? No comprendo, le hemos dado la vuelta al mundo y no tenemos pista alguna, ¿dónde más podemos buscar?, ¿por qué dices que son lugares incorrectos y formas equivocadas? Ella lo miró con una de esas miradas profundas y reveladoras que tenía, y le dijo: —La pócima está dentro de la tierra, por eso no la hemos encontrado. Está debajo de nosotros, es ahí donde hay que ir. Él se levantó, la tomó de la mano fuertemente, con profunda confianza en sus palabras, y comenzaron a caminar rumbo al centro de la tierra.262

El suelo comenzó a temblar y a desgarrarse. Las ramas de los árboles caían sobre ellos y la hojarasca era barrida por el viento. La sombra de varios animales se veía huir mientras se hacía cada vez más profundo el movimiento del suelo. Como rodaderos se abrieron tres caminos que emanaban luces de colores. En uno de ellos Pérez, con su mano temblorosa, señaló en medio de la bruma y la distancia lo que imaginó era una mantis del tamaño de un edificio. Dominga, con los ojos abrumados, trataba de definir lo que se veía en los otros dos caminos. La invadió una extraña mezcla de pánico que le indicaba que por fin llegarían a la pócima.263

261. Christian Camilo Galeano Benjumea 262. Carmen Lucia Giraldo Gutierrez 263. Natalia García Mora 114 #

Pérez caminó sin titubear, enfrentándose a sus temores, sabiendo que encontrar la pócima dependía de ello. Mientras se acercaba a la aparente monstruosa criatura, la bruma se aclaraba y la monstruosa mantis se convertía en lianas y enredaderas enrolladas y aferradas de una forma muy particular sobre unas antiguas ruinas que aún se estremecían con la tierra y le daban un aparente movimiento a la imaginaria criatura. El agua corría por gastados canales y fuentes sobre los cuales el más mínimo resplandor parecía descomponerse en mil colores. — ¡No! ¡No puede ser! —Se escuchó un grito—. —Pero ¿dónde está Dominga? —Pensó Pérez—. ¿Acaso se quedó atrás? ¿O acaso tomó un camino distinto?264

Su corazón latía tan apresuradamente que amenazaba con estallar y, en medio de su terror, de repente entró en un letargo, atisbando cómo desde el polvorín que los rodeaba volaba un pequeño frasco que al parecer contenía tan preciado tesoro y en cámara lenta caería entre sus manos. Pero el ahogado grito de Pérez la sacó de su encantamiento, haciéndola recobrar la cordura para retroceder ante una oleada de viento y fuego que salía de otro de los tres caminos, y venía hacia ellos furiosamente. Agarrados de las manos, saltaron a un vacío incierto donde los esperaba un tapete de suave y colorido follaje con aromas delicados que envolvían la razón. Ahora Pérez y Dominga se encontraban en un suelo extraño.265

264. Fredy Alexander Hoyos Ariza 265. Olga Munevar Quintero 115 #

El entorno, cambiante como ellos mismos, le recordaba a Pérez la vieja rayuela de sus juegos de infancia. Alrededor nada parecía tener una forma cierta y el camino aparecía y desaparecía en la medida en que avanzaban, el eterno presente se regeneraba a sí mismo y les negaba la oportunidad de dejar una huella, un rastro, una señal que les permitiera regresar. Las manos sudorosas de ambos se negaban a separarse. Dominga parecía absorbida por el juego de luces que ocasionaban los cambios alrededor, hasta que una melodía acariciante los hizo detener. De repente, todo parecía tener sentido: el tiempo transcurrido, las experiencias, el duro aprendizaje cobraban un valor inusitado.266

Poco a poco olvidaron las peripecias que juntos habían vivido desde que emprendieron su búsqueda. La noción misma de la pócima se desdibujó en sus mentes. Sabían que aún no lograban algo que se habían propuesto, que buscaban algo; que estaban allí con un propósito, uno importante, pero mientras más se esforzaban en definir qué era, más esquiva se hacía la idea. Hasta que el desconcierto fue total.267

Increíblemente nada les había pasado, de hecho nada sucedía a su alrededor, era como si estuvieran en medio de la nada, sin más personas que les recordaran que seguían en el mundo, que aún estaban vivos. Pero después de un tiempo, cuando recobraron la razón, se dieron cuenta de que se encontraban en un lugar inigualable. Qué colores tan hermosos los que observaban, la gracia con la que todos los seres vivos interactuaban en perfecto equilibrio en ese mágico lugar, todo era irreal, era difícil creer que existiera un lugar como ese… tan perfecto.268

266. Nárriman Leyva Londoño 267. Leonardo Ruiz Alzate 268. Manuela González Morales 116 #

La guio por la costa dirigiendo su mirada a un horizonte inexistente, avanzaba tan parco y seguro que Dominga, por momentos, sintió que no se desplazaban sobre el mundo, sino que éste se desplazaba bajo sus pies. Pérez andaba con la seguridad de un intruso, presentía y respiraba leve la presencia de Dominga y eso le bastaba para andar con un rumbo, aunque éste no existiera. Ella miraba apenas el contorno del rostro de Pérez, ensombrecido por la luz mediana del sol. De repente se percató del roce constante de los dedos de Pérez en su mano e, inconsciente, los apretujó. Él se detuvo, pareció perderse; su rumbo era marcado por el mapa acariciado en la mano de Dominga.269

Pérez le dijo a Dominga que no quería seguir en la búsqueda. Había gastado días, noches, besos y abrazos tratando de comprender, hacerla feliz y también serlo, pero nunca pudo y ahora que estaba seguro de sí mismo y de ella, no quería que los momentos a su lado se fueran en eso y que, al final, si es que todo se daba, estuvieran cansados de haber buscado y encontrado la solución que no remediaría los problemas del amor. Ella se quedó en silencio por un buen tiempo, observando la naturaleza que Pérez confundido ignoraba, hasta que de repente giró la cabeza y fijó sus ojos en los de él. 270

Lo sintió más cerca que nunca, más que cuando se embarcaron en aquella aventura tan irreal e ilógica con un fin absurdo, en busca de algo mágico en una era donde la magia estaba encerrada en pantallas digitales y en autopistas virtuales. Él comprendió entonces que, aunque no habían alcanzado su objetivo, ya había ganado para sí parte del alma de Dominga. Ella trató de articular una palabra, pero Pérez, con un suave ademán, no la dejó, sino que tomándola de la mano la llevó consigo caminado lentamente por ese paraje por el momento desconocido para ellos, pero que los unía, aunque fueran tan diferentes, en la búsqueda de una felicidad que hasta el momento sólo había estado en su imaginación.271

269. Julián Riaño 270. Aurora Nataly Perdomo 271. José Iván Benavides Pacheco 117 #

Llevándola a través de las palmeras, que se erguían sobre ellos, como monstruos, lo único que aminoraba el desfallecimiento era el hermoso paisaje que se dibujaba a lo lejos. Sus pies rozaban el pasto, mientras sus manos se posaban sobre las flores y el perfume de éstas se desprendía, dejando un leve aroma. Dominga soltó la mano de Pérez y corrió hacia lo que le pareció un arroyo, se dejó caer de rodillas y se observó en el reflejo, que se distorsionaba por la brisa, suspiró y levantó la mirada para ver al otro lado del agua. Pérez se acercó a Dominga y, dando un paso, cruzó el arroyo, borrando por completo el reflejo de ambos.272

Dominga volvió a la realidad y no quiso soltar a Pérez, ya que por lo menos su contacto la hacía sentir algo de esperanza, ese pequeño hombre era su fortaleza. Por un instante se miraron fijamente y se olvidaron de todo lo que, hasta el momento, les había ocurrido. Ambos olvidaron la necesidad de tener la pócima en su poder y como si fueran uno solo pensaron en la posibilidad de complementarse el uno al otro, ya que las características de ambos ya no parecían defectos sino una obra perfecta que se concluía con su amor. Aquellos pájaros azules, posados en las palmeras, los miraron como asintiendo a ese pensamiento y una lluv ia de colores con un dulce aroma comenzó a caer poco a poco.273

Pérez continuó observando con detenimiento a aquellos pájaros azules, que jamás había visto en ningún otro lugar; mientras los observaba notó que estaban formando una hilera ondulante e ininterrumpida entre los árboles. Pensó que tal vez trazaban una especie de ruta que empezaba en el lugar en que se encontraban. Así que, sin soltar a Dominga de la mano —ya que no quería separarse de ella nuevamente—, decidió seguir el camino de pájaros azules. Pérez caminó junto a Dominga un buen rato, hasta que el sendero de pájaros terminó a la orilla de un lago junto a una pequeña canoa; desde aquel lugar se alcanzaba a observar una rústica cabaña. 274

272. Kraven Knight 273. Diana Yiliana Urueña Díaz 274. Beatriz Ariza Zúñiga 118 #

Por un instante quedaron en silencio, contemplando la inmensidad y la paz de ese lugar… era realmente hermoso, difícil de describir. No eran necesarias las palabras. ¿Sería este el final del camino?, pensaron. Quizás, aún no estaba claro.275

Aquella cabaña un tanto maltratada que podría ser un perfecto refugio, una canoa abandonada perfecta para su auxilio, no podía ser coincidencia, no podía ser por cuestiones de azar, alguna voluntad estaba influyendo en sus vidas, tal vez desde demasiado tiempo atrás, como si se tratara de un juego de ajedrez. La pregunta más prudente que Pérez pudo hacerse al notar todo esto fue si sería una voluntad bondadosa o siniestra la que estaba detrás de todo esto, o si había algo de las dos, en una clásica lucha entre el bien y el mal, retomando una guerra que había existido en la humanidad y en el fondo de cada ser desde los inicios del tiempo mismo.276

La cabaña tenía un aire frío y estaba rodeada de una neblina densa. Pérez la observaba con desconfianza, pero decidió ir a descubrir lo que le daba duda. Dominga estaba un poco asustada y temerosa, pero de todas formas lo acompañó a esa cabaña desconocida y, al parecer, antigua.277

Pérez clavó su mirada en la cabaña, algo en él sabía que ahí estaban las respuestas a sus súplicas, al fin, ¡la pócima! Ahora podría besar a la señorita Dominga sin que ella se agachara… Mientras sus pensamientos dibujaban una sonrisa maliciosa en su rostro cansado, Dominga estaba con el agua hasta el cuello. El lago se la estaba tragando. Primero un remolino brillante la hipnotizó y luego una cola verde y puntuda la abrazó por la cintura. Dominga flotaba con la mirada extasiada. Pérez nada pudo hacer, cuando tomó el remo partido de la canoa, el largo cuerpo de su amada Dominga había dejado atrás algunas plumas azules de esos pájaros que los habían conducido a este paraje final.278

275. Luz 276. Pablo Arturo Garzón 277. Juan Felipe Castro 278. Andres Ortiz 119 #

Dominga fue arrastrada a las profundidades; vio como la luz se desvanecía y la penumbra lo devoraba todo. No opuso resistencia, quizás así era como se sentía la muerte, algo placentero, suave y personal. Uno de sus zapatos se liberó de su pie y flotó hacia el diminuto punto de luz que era la superficie. ¿Lo había logrado Pérez? Esperaba que sí, esperara que hubiese encontrado la pócima y que tuviera la suerte suficiente de hallar a otra mujer para besar, ella ahora era la novia del Tritón. El hombre de brillante piel escamosa y ojos azules la atrajo hacia él con la cola verde aún en su cintura; su lengua abrió los labios de Dominga y ella lo sintió como el más prohibido placer.279

Pérez sentía que los pájaros podían ser la respuesta para ayudar a su Dominga, pero ¿cómo encontrarlos? Mientras su mente se inundaba y se ahogaba en pensamientos de culpa, desesperado decidió lanzarse al lago cuando vio que las plumas dejadas estaban cuidadosamente ordenadas como indicándole el camino que debía seguir hacia su amada; en ese momento la esperanza volvió a invadir su corazón y sintió que estaba preparado para leer los mensajes que la misma naturaleza le enviaba.280

En un punto las plumas desaparecieron y Pérez sin más se lanzó en clavado hacia las profundidades del lago en busca de su amada Dominga. Algo brillaba en el fondo, era una especie de estructura decorada con corales brillantes. Pérez salió a la superficie a tomar aire y se sumergió nuevamente hacia lo desconocido. Como pudo tocó una pared exterior de la construcción, con lo cual ésta se hizo traslúcida y, al tratar de tocarla nuevamente, su mano la atravesó. Pérez supo que podía entrar, allí todo estaba seco y se podía respirar. ¡La vio!281

279. Leonardo Serrani 280. Natalia Sotelo 281. Fredy Hoyos 120 #

Dominga se negaba con enormes brazadas a ser arrastrada y terminar peor que cuando empezó la odisea. Pérez estaba confundido, no sabía si ir corriendo a la tal cabaña donde estaba el premio por todo lo que había luchado o quedarse ahí viendo cómo Dominga se metamorfoseaba en una especie de enorme sirena. Pero si obtenía la pócima no tendría a la que le había sonreído y besado sin que le importara tenerse que agachar…282

Desesperado, Pérez llamaba a su compañera, que no respondía a sus gritos. No sabía qué podría hacer si perdiera a su alargada mujer, qué importaba el mundo, el enanismo o la grandeza, si su amada se perdía para siempre. Agarró con ambas manos una de las plumas que parecían brotar de la piel de Dominga, que se tornaba ahora azul, verde y violeta, y como con la fuerza de diez tigres jaló para sacarla de este trance mágico.283

Dominga cayó en el suelo dentro de aquella especie de cúpula submarina. Junto a ella se hallaba una anciana mujer, que tomaba su mano y le decía: —Vamos, levántate mujer, que ya el susto pasó, la vida es corta y no hay que perder un solo instante. Todo esto ocurría ante la mirada de Pérez, quien tan sólo atinó a decir: — ¿Tú quién eres? ¿Y cómo es que Dominga…? —Para —contestó la anciana—, no te preocupes por los misterios triviales e irresolubles, preocúpate por los misterios trascendentales y simples. Han llegado hasta aquí buscando algo — Pérez y Dominga movieron las cabezas en señal de afirmación—. ¡Pues entonces lo habéis logrado, aquí esta vuestra respuesta!284

282. Yurdey Fernanda Herran Murillo 283. Sandra López 284. Liceth Ariz 121 #

Los condujo la viejecita por un corredor luminoso, tapizado de fuego, en cuyo fondo se adivinaba una silueta que a Dominga se le pareció a un monje franciscano y a Pérez a un odontólogo:

— ¡Tantas vueltas para terminar aquí! Veo que este par de disparejos es parejamente insensible — les dijo el odontólogo-monje. — ¿En dónde estamos? —preguntó Pérez. —En el comienzo, que es el mismo final. ¿Es que no lo entienden? Nada con más sinsentido que la búsqueda de sentidos.

Luego les alcanzó un espejo y les disparó a los ojos con su luz. Ahí se vieron ellos. Dominga y Pérez, cada uno del tamaño preciso. Ni menos ni más. La más justa de las medidas. Ni él era minúsculo ni ella majestuosa.

—No más espejismos. Vinimos por la pócima, para ser transformados —protestaron los dos ante su anfitrión.

—Así es como en verdad se ven, pero eso es algo que no importa, porque ustedes no quieren verlo. Desde el principio les puse señas para que me descubrieran. Me les aparecí en las palabras de todos, en forma de luz, de monstruo, de sombra, de fango, de maíces parlantes y de otras cosas. Eso demuestra que son demasiado ateos como para admitir mi soberanía. ¡Ay de ustedes!… viajeros sin destino, orgullosos de lo extraviados que están. Ya no trataré de explicarles nada. La luz no puede atravesar almas oscuras. Los demás los ven así porque ustedes creen serlo.

— ¿Pero acaso no soy yo un enano y ella una gigante? —inquirió Pérez. —Uno tiene la estatura de sus pensamientos. A eso lo llaman dignidad. Pero ustedes… Ustedes no saben de eso.

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# Guonderland 123 #

Incrédulos ante lo que su ingenuidad arrogante consideraba otro impostor, le preguntaron:

— ¿Quién es usted?

—Yo sólo soy. Léanlo al derecho. Léanlo al revés. Soy el amo de la vida de todos los de su especie… porque todos los de su especie son cobardes.

El miedo de ambos se hizo evidente y su interlocutor lo notó.

—Veo que ya lo han descubierto. Ya me han reconocido. Soy ese en quien silenciosa y vergonzosamente están pensando. Soy el señor Miedo, visto desde los ojos alucinados de cada uno.

El terror los paralizó, mientras el espectro continuaba:

—Tienen el seso duro. Por eso no dudo que ahora salgan a decirle al mundo que todo cuanto les dije es mentira. Y por cierto: la fórmula aquella no existe.

Un asomo súbito de sensatez se apoderó de Dominga, quien se atrevió a interpelar:

—Sé que no es de buen gusto preguntarle esto a usted, señor Miedo… Pero quizá usted mismo conozca la forma de deshacernos de su incómoda presencia. ¿Nos sugiere algo?

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—Están comenzando a sorprenderme. Tal sí exista una posibilidad de redención. Les daré la fórmula, que no es ningún brebaje, potaje, bebedizo, menjurje o pócima. Es sólo una frase: “Si son capaces de dejar de convocarme, desapareceré. No pretendan desconocerme, porque soy obvio. No vayan a molestarse en intentar olvidarme, porque así sólo conseguirán recordarme más. Ahora, siento decírselos, debo devolverlos a la aburrida vida que llevaban antes de iniciar esta inútil travesía. Lo lamento por ti, Pérez. Mientras no lo creas posible, tus piernas jamás alcanzarán el pedal del coche. Me duele decírtelo, Dominga. Pero te acomplejarías de saber lo ínfima que eres.

Ya cuando se disponía a ejecutar el hechizo e irse a volar, transfigurado en un pajarraco grande, con sonrisa de buitre, pero más desaliñado, algo inspiró en el señor Miedo aquel el deseo de pronunciar una frase adicional…

“Es una desdicha manejable. Al menos se tienen a ambos. Y el peso de las desdichas, cuando se comparte, se hace hasta soportable, sin importar el tamaño de los desdichados”. Entonces Dominga y Pérez desaparecieron, envueltos en una niebla algodonada. Yo los conozco, y bien puedo asegurar que no son como creen ser, aunque sigan creyéndoselo.285

FIN

285. Andrés Ospina 125
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